Vida Nómada: Persiguiendo Cascadas en el Amazonas

Creciendo en los 80s y 90s, siempre me dijeron que podía hacer y ser lo que quisiera, y me lo creí. A mi generación siempre nos dijeron que el mundo era nuestro, que podíamos llegar a la luna si es lo que queríamos, que todo era posible; siempre nos dijeron que los únicos límites que encontraríamos en el camino serían esos que nosotros mismos creáramos. Pasé muchos años soñando con todo lo que haría cuando fuera grande, los lugares que vería, las cosas que encontraría, el amor que descubriría en todo lo que me ofrecería el mundo, y estaba determinada a hacer esos sueños una realidad.

Siendo una niña en los 90s, conozco muy bien la canción Waterfalls de TLC, que habla sobre no andar persiguiendo cascadas y mantenerse en los ríos y lagunas que ya conocemos; y aunque me encanta TLC, y me encanta esa canción, y sé que habla de temas más profundos como el VIH y la drogadicción, nunca pude entender cómo la letra “los sueños son esperanzas imposibles / con esperanzas de cumplirse” era el tipo de consejos que nos estaban dando tres mujeres en la cima de su industria. ¿Cómo nos podían estar diciendo que no persiguiéramos cascadas? ¿Cómo podían decir que perseguir cascadas, metafóricas o reales, es algo malo? La verdad creo que escuchar tanto esa canción sólo me hizo querer seguir mis sueños locos con más ganas.

Natal Presidente Figueiredo 5

Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

Con cada lugar que visité, mi deseo de viajar y ver el mundo se intensificó. A finales del 2014, cuando estaba viviendo en Palomino, un pueblito en la costa Caribe de Colombia, me llamaron para trabajar en un hotel en la costa Pacífica—mi lugar preferido en el mundo—durante la temporada, entonces empaqué mis cosas y me fui. No era la primera vez que me mudaba de un lado a otro del país, o del mundo, por un capricho, pero fue la primera vez que me di cuenta que esa era la única vida que conocía, y acepté finalmente que simplemente no me gusta, ni quiero, quedarme quieta en un solo lugar por mucho tiempo. Cuando acepté la posibilidad de una vida nómada, me empecé a preparar para un viaje al Brasil, donde vería toda la costa Atlántica del país, desde el Amazonas hasta la frontera sureña con el Uruguay, y todo lo que pudiera ver en el medio.

Orquidea Presidente Figueiredo 2

Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

“¿Adónde llegaste?” fue la primera pregunta que me hice a mí misma mientras subía por una avenida larga y empinada, cargando mis casi 30 kg de equipaje a los hombros, en el centro de la pequeña ciudad amazónica de Presidente Figueiredo. Sudando y agotada después del corto viaje desde Manaus–unas 2 horas que se hicieron eternas cargando las mochilas de un bus al otro–llegué al Figueiredo Green Hostel, donde me hospedaría la siguiente semana. Cuando entré y oí la bossa nova que palpitaba desde la recepción, supe que había llegado al lugar adecuado.

Presidente Figueiredo es la capital del cupuaçu, y aunque llegué seis meses o muy tarde o muy temprano para el festival anual, la deliciosa fruta que me obsesiona y deleita no fue la única razón para visitar este lugar; además de salir de Manaus, donde ya me estaba sintiendo un poco atrapada, fui a descubrir la selva y encontrar el agua. Ubicada a unos 100 km al norte de Manaus, la capital del estado de Amazonas, Presidente Figueiredo está rodeada por cascadas tropicales que brotan entre la selva y se prestan para refrescar los días calientes del Amazonas.

Urubui Presidente Figueiredo 31

Urubui, Presidente Figueiredo

El primer lugar que conocí fue Urubui, una pequeña playa de río rodeada por casetas y restaurantes que queda a unos 20 minutos del hostal. Las rocas del río son porosas, rojas y amarillas, y forman pequeños pozos naturales entre las piedras, creando un balneario ideal para refrescarse y disfrutar de la naturaleza. El agua es fría, un alivio para el cuerpo que pareciera cocinarse bajo el opresivo sol de la selva, pero Urubui era sólo el comienzo.

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Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

En una tarde soleada, fui a la cascada de la Orquídea y encontré un lugar mucho más selvático y natural. Después de caminar unos 20 minutos entre la selva, se escucha el rugido del agua cayendo entre la tupida vegetación, donde se encuentra una cascada de un par de metros que cae a un charco rocoso y refrescante. Terminé visitando la Orquídea otra vez unos días después, insatisfecha con el poco tiempo que tuve antes del atardecer en mi primera ida.

Natal Presidente Figueiredo 12

Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

Pero la cascada de Natal definitivamente fue  mi preferida: me llenó de tanta alegría como para no querer volver a Manaus. A menos de una hora por una carretera destapada se encuentra esta cascada ancha de donde bajan fuertemente chorros de agua que caen a un charco rocoso, más hondo que los de Urubui y Orquídea. Dejé que el agua cayera sobre mis hombros, sentada en las piedras bajo los chorros, mirando la selva a través de la cortina de agua. Fue una limpieza de cuerpo y alma, un encuentro con la naturaleza energizante y revitalizante.

Orquidea Presidente Figueiredo 13

Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

Y esa es la cosa, que sin importar qué digan algunas de mis canciones preferidas de los 90s, parece que llegue adonde llegue, siempre estoy buscando el agua, corriendo hacia ella, encontrándome con ella; y no sólo cascadas, pero también ríos y lagunas, océanos y piscinas, y los arco iris que crean. El agua realmente es vida, y estar bajo una cascada que ruge en medio del Amazonas me hace sentir tan viva, que es casi inaguantable; es casi demasiada vida, demasiada felicidad para una sola persona. Y no lo cambiaría por nada en el mundo.

Natal Presidente Figueiredo 13

Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

Sentada bajo esa cascada, me di cuenta que esto es lo que he estado buscando, que este es el camino que estado tratando de encontrar desde que soñaba con salir corriendo a conocer el mundo, con descubrir tesoros escondidos, con aprender nuevos idiomas, con dejar la estabilidad y las pertenencias materiales y disfrutar de una vida nómada: siempre he soñado con la selva, con el agua, con la belleza de despertarse a ver un cielo azul que huele a sol, o incluso uno gris que huele a lluvia, y no saber dónde voy a estar nadando ese día.

Urubui Presidente Figueiredo 3

Urubui, Presidente Figueiredo

Eventualmente tuve que volver a Manaus a reclamar mi cédula de residencia temporal, pero la selva me revitalizó, me llenó de energía para seguir mi viaje y terminar mi amorío con el río Amazonas en su desembocadura en Belém, en la costa Atlántica de Brasil, y para seguir buscando el agua, las playas, los atardeceres, la novedad, y la aventura.

English Version
Vida Nómada

Nomadic Life: Chasing Waterfalls in the Amazon

Growing up in the 80s and 90s, I was always told I could do and be anything I wanted, and I believed it. We, as a generation, were told to reach for the stars, that the sky was the limit, that the world was our oyster, that it was at our feet, in the palm of our hands; we were brought up to believe possibilities were endless and the only limits we would face were those we imposed on ourselves. I spent my life dreaming of the things I would do when I grew up, the places I would see, the things I would find, the love I would discover in everything the world had to offer, and I was determined to make those dreams come true.

Being a young girl in the 90s, I’m no stranger to TLC’s Waterfalls, which talks about sticking to the rivers and the lakes that we’re used to; and although I love TLC and I love that song, and I know it deals with much deeper issues like HIV and drug abuse, I never could understand how “dreams are hopeless aspirations / in hopes of comin’ true” was the kind of advice we were getting from three women who were obviously on top of their game. How could they be telling us not to chase waterfalls? How was chasing waterfalls, metaphorical or literal, a bad thing? I honestly think listening to this song only made me want to follow my crazy dreams more fervently.

Natal 5

Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

With every place I visited, my desire to travel and see the world grew stronger and deeper. Last year, when I was living in Palomino, a small town on Colombia’s northern Caribbean coast, I got a call for a seasonal job in the Pacific coast–probably my favourite place on Earth–so I packed up and left. It wasn’t the first time I’d moved around the country, or the world, on a whim, but it was the first time I realised it was the only life I knew, and finally accepted the fact that I simply cannot stay in one place for too long, nor do I want to. Once I embraced the possibility of a truly nomadic life, I started preparing to go to Brazil and see the country’s entire Atlantic coast, from the Amazon to its southern border with Uruguay, and everything in between.

Orquidea 2

Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

“Where did you go now?” was the first question I asked myself as I climbed a long, steep avenue in the small Amazonian city of Presidente Figueiredo, with nearly 30 kg of lugagge on my shoulders. Sweating and exhausted after the short trip from Manaus–a 2 hour bus ride that stretched out forever as I lugged my backpack from one bus to the next–I arrived at the Figueiredo Green Hostel, where I would stay the following week. When I walked in and heard the bossa nova playing, I knew I was in the right place.

Presidente Figueiredois the cupuaçu capital of Brazil, and although I was either six months too late or too early for the yearly festival, this delicious fruit that delights and obsesses me isn’t the only reason I visited this town; besides getting out of Manaus, where I was already feeling slightly trapped, I wanted to discover the jungle and find the water. Located about 100 km north of Manaus, the Amazonas state capital, Presidente Figueiredo is surrounded by tropical waterfalls that spring from deep within the jungle and are perfect to cool down the hot days of the Amazon rainforest.

Urubui Presidente Figueiredo 31

Urubui, Presidente Figueiredo

The first place I went to was Urubui, a small beach by the river, surrounded by kiosks and restaurants, about 20 minutes away from the hostel. The river rocks are porous, red and yellow, and form small billabongs, making it a perfect swimming spot to cool off and enjoy nature. The water is refreshing, a relief for the body which feels like it’s cooking under the oppressive jungle sun. But Urubui was only the beginning.

Orquidea 7

Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

On a sunny afternoon, I went to the Orchid waterfall, a much more natural place where you actually feel like you’re in the jungle. After a 20 minute walk through the trees, you can hear the roar of the water; a few minutes later, you finally come upon the waterfall, just a couple of metres high, that plunges into a rocky and refreshing natural pool. I ended up visiting it again just a few days later, unsatisfied with the short time I spent there before the sun set that first day.

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Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

But the Natal waterfall was my favourite; it filled me  with so much joy that I seriously considered not going back to Manaus. Less than an hour away from the hostel along a dirt road is this wide waterfall where the water drops forcefully into a rocky pool, deeper than the ones at Urubui and Orchid. I let the water pound on my shoulders as I sat on the rocks, watching the jungle through the curtain of water. It was a cleansing of the body and soul, an energising and revitilising meeting with nature.

Orquidea 13

Cachoeira Orquídea, Presidente Figueiredo

And that’s the thing, despite what some of my favourite 90s songs say, it seems no matter where I go I’m always running into the water, toward it, chasing not only waterfalls but rivers and lakes, oceans and pools, and the rainbows they create. Water to me truly is life, and being under a raging waterfall in the middle of the Amazon Rainforest makes me feel so alive, it’s almost unbearable; like it’s almost too much life, too much joy for just one person to experience. And I wouldn’t change it for the world.

Natal 13

Cachoeira Natal, Presidente Figueiredo

Sitting under that waterfall, I realised that this is what I’ve been looking for, this is the road I’ve been searching for ever since I was dreaming of running away, of wandering the world, of discovering hidden treasures, of learning a new language, of giving up on stability and material wealth and embracing a Nomadic Life: I’ve always dreamed of the jungle, of the water, of the beauty of waking up to a bright blue sky smelling of sunshine, or even a grey one smelling of rain, and not knowing where I could be swimming next.

Urubui Presidente Figueiredo 3

Urubui, Presidente Figueiredo

Eventually, I had to return to Manaus to collect my temporary resident ID, but the jungle revived me, pumped me up with the energy to continue on this journey, to see my affair with the Amazon River through to the end–to the river’s end in Belém, on Brazil’s Atlantic coast–and to keep searching for water, for beaches, sunsets, novelty, and adventure.

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