Vida Nómada: Encontrándome en el Agua

Ahora que me enfrento cara a cara con el comienzo de una vida nómada, entiendo que la preparación para este cambio va más allá de alivianar el equipaje; implica empezar desde cero, aprender a hacer las cosas de otra manera y ser más espontánea, guiada por eso que traigo por dentro, eso que no me permite la quietud. Es indispensable aceptar y alegrarme con la (¿percibida?) locura que me lleva a querer dejar atrás la estabilidad, y optar en cambio por una vida incierta y móvil.

Para mí todo comenzó en la niñez, seguro en mi primer cumpleaños cuando di mis primeros pasos sobre la arena negra de las playas de Cartagena, caminando hacia el mar, hipnotizada por el agua. Bueno, me imagino que fue un tipo de hipnosis o conjuro mágico, porque desde entonces no he dejado de perseguir aguas tropicales. Toda mi vida he estado encontrándome con el agua; parece que siempre estuviera yendo hacia el mar, o buscando cascadas encerradas entre rocas musgosas, o explorando cavernas de mármol en los ríos fríos que bajan de las montañas.

Mi fijación con descubrir los secretos que la Tierra esconde creció con los primeros mapas que miré, fascinada que el mundo se extendiera más allá de mi casa, de mi ciudad. Los primeros libros que me saboreé estaban llenos de animales y lugares exóticos, habitados por personajes fantásticos, viviendo vidas tan diferentes a la mía, envueltos en otros colores y olores, con otras lenguas y vestimentas. Siempre me he preguntado cómo sería la vida al otro lado del planeta, y he buscado incansablemente la respuesta, a tal punto que se ha convertido en la tesis de mi vida.

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Hikkaduwa, Sri Lanka

Un mapamundi inflable de la época de la Unión Soviética me quitó infinitos momentos, llevándome a soñar que alguna vez pisaría tierra en esos países con formas tan extrañas. Había algunos en particular que me cautivaban, como Sri Lanka, esa isla en forma de lágrima que cuelga al suroriente de la India; o las islas de la Polinesia, regadas por el Pacífico Sur como esmeraldas perdidas en el azul de ese océano infinito. Me han fascinado particularmente los oasis y las islas desiertas—dos paradojas naturales de los paisajes tropicales. Tendrá algo que ver con la soledad implícita de esos lugares tan remotos, que vi en fotografías que parecían pinturas hechas por artistas de otros mundos.

La geografía me apasionaba y se me llenaba la cabeza de preguntas sobre esos lugares, tan ajenos y cercanos a la vez; lugares que podía mirar pero no tocar, que podía estudiar pero sin saber a qué olía su aire. No llegar a conocerlos, a pisarlos y olerlos, nunca ha sido una opción para mí, mi terquedad aboliendo cualquier duda que la realidad se atreva a interponer.

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Parque Nacional Natural Tayrona, Colombia

El viaje, el trópico, la selva y el mar son pasiones tan profundamente arraigadas en mi ser que forman parte de la fibra que me compone, como si estuviera hecha de arena y aguasal. Ando poseída por la necesidad de conocer el mundo; obsesionada por llevarme el recuerdo de la brisa cálida de cada playa; de tatuarme el sonido del mar chocando contra las rocas. Ando tan perdida entre mapas y sueños, atrapada por alucinaciones de aguas turquesas que recorren mares y ríos, que he decidido dejarme llevar completamente por mi atracción al movimiento, al cambio, a lo inesperado.

En unas cortas semanas emprenderé un viaje por el Amazonas, de Colombia a Brasil, del Caribe a los Andes y más allá de los grandes ríos que cruzan la selva. Me voy buscando quién sabe qué cosas, viajando por las aguas negras rodeadas de todos los tonos de verde imaginables; aguas que me llevarán hasta el mar, hasta esa mágica costa Atlántica que conserva la forma que encaja con el África. Quiero estar ahí, en las orillas de ese ombligo, de esa boca que sobresale como haciéndole señas al antiguo continente, llamando a la vieja madre, rogándole a los mares que junten las tierras otra vez.

Pantano Cayarú

Pantano Cayarú, Amazonas peruano

Espero compartir mi viaje desde el proceso físico de dejarlo todo atrás hasta las aguas oscuras del Amazonas y la enigmática costa Atlántica. Documentaré mi experiencia del desapego de lo material—bueno, excepto las indispensables especias aromáticas y cucharitas de palo que ocuparán su puesto en mi equipaje—; del viaje de tres días entre Leticia y Manaus; de las playas temporales de los ríos del Lençóis Maranhenses; de lo inesperado y lo mágico que sólo el camino puede revelar.

He tenido la suerte de conocer muchos de esos lugares con los que soñaba; me he perdido ya en varios continentes, enamorándome cada vez más de las posibilidades infinitas que existen al viajar, al aprender. Y pronto cumpliré otro de mis deseos, conjurado alguna vez mirando un mapa, de conocer qué hay entre esas delgadas líneas azules que dicen llevar el agua de la tierra al mar.

Vida Nómada
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