Mi Vida Nómada: Vida en Movimiento

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Llegando a Salvador de Bahía, Brasil

—Encontré un pasaje barato y salgo esta noche para Barcelona —me dice mi amigo de Israel una mañana en Salvador de Bahía, Brasil, mientras sacaba de su mochila todo lo que no iba a necesitar en Europa pero que fue esencial para su último año en Sur América.

Existen personas así que pueden ir de un continente a otro con sólo unas pocas horas de anticipación, pero yo no soy una de ellas. A veces pienso que me gustaría ser así, pero la verdad es que me gusta programar mis viajes, y aunque evito investigar mucho de mi destino, porque me gusta sorprenderme y descubrirlo a mí manera, rehuso llegar a un lugar que no conozco a dar vueltas buscando dónde dormir.

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Galinhos, Rio Grande do Norte, Brasil

Antes de llegar a Manaus en octubre del 2015, ya tenía una idea clara de mi ruta y horario. Y sí, a veces he querido cambiar de planes, perderme un vuelo o irme sin dar aviso, pero me he desviado muy poco del viaje que tracé en mi mente y en mapas después de mi primera visita al Amazonas en el 2012.

Para viajar lento y barato, y conocer la cultura y aprender el portugués de Brasil, siempre  escojo el pasaje más barato aunque lo tenga que comprar con dos meses de anticipación, y el descuento en alojamiento aunque tenga que comprometerme a quedarme a “largo plazo” (de diez días hasta un mes). Hasta ahora, me siento segura que mi ruta me ha llevado justo adonde necesito llegar.

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Copacabana, Rio de Janeiro, Brasil

Lo que pasa también es que igual no me gusta acomodarme mucho porque cuando estoy cómoda se me olvida que una de las cosas que más me gusta de este viaje y mi vida nómada en Brasil es el movimiento en sí. Además he aprendido que la incomodidad produce creatividad, curiosidad, y productividad, mientras la comodidad se convierte en complacencia y la consolidación de rutinas repetitivas.

Después de vivir en seis países diferentes en cuatro continentes, no sólo me he acostumbrado a desacomodarme sino que me gusta. Es más, me encanta. No hay nada como llegar a un lugar nuevo, desempacar, empezar de cero, y volverme a ir, volverlo a hacer. Es casi como si me gustara la comodidad, pero no tanto; casi como si me gustara la estabilidad, pero no en serio; casi como si me quisiera quedar quieta, pero no lo suficiente para hacerlo.

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Río Amazonas, Pará, Brasil

Con cada año que pasa, cada ciudad, país, río y playa, crece mi gusto por moverme y cada vez me muevo más despacio y con más tiempo, con calma, sin forzar los descubrimientos que sólo se hacen viviendo lejos de casa. He seguido mis caprichos por este universo paralelo por casi un año, en el cual no me he quedado más de dos meses en un solo lugar; siempre me estoy moviendo de cama, de cuarto, de hostel, de ciudad, de estado, de latitud, de playa.

A ese ritmo, y en un país tan grande como Brasil, es inevitable pasar horas y hasta días incontables en movimiento: en barcos, lanchas, buses, trenes, carros, aviones… Con mis casi 30 kg de equipaje a los hombros, he caminado kilómetros por calles empinadas, empedradas, de tierra y de asfalto, subiendo y bajando escalas, peleando por espacio en las horas pico, sonriendo ante las miradas atónitas de aquellos que no se explican qué hago sola con esas mochilas, en esa ruta, sudando, bajo el sol o la lluvia, siempre con un paquete de castañas o sequilhos en la mano. Nadie se imagina que estoy esperando otro bus, otro tren, otro mapa que me lleve al próximo destino, cualquiera que sea.

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Saliendo de Recife, Pernambuco, Brasil

El transporte—el movimiento—ha sido un factor contundente en mi viaje, aunque muchas veces sea descartado como algo necesario pero sin trascendencia, una forma inescapable de escapar de lo que sea que estoy huyendo—¿o encontrando?—en este viaje sin comienzo ni fin.

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Galinhos, Rio Grande do Norte, Brasil

Pero son esos mismos momentos en que el sentido de aventura realmente se apodera de mí. Cuando estoy en una carretera esperando que pase el bus, o en la terminal esperando que otro salga; cuando llego a una ciudad nueva y me la paso leyendo los nombres de las calles, repasando los mapitas dibujados en mi libreta de apunte… Son esos los momentos en que la adrenalina y la emoción se encargan de llevarme hasta mi destino a pesar del cansancio y el hambre, de las ganas de un baño que no se mueva y de dormir en posición horizontal. Son esos momentos los que realmente marcan este viaje que me está llevando a conocer este país-continente. Y seguiré devorando mapas e imaginando rutas hasta que llegue el próximo bus.

Mi Vida Nómada
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Mi Vida Nómada: Mi Vida Real

He estado leyendo mucho sobre la realidad detrás de algunos de los posts más populares en internet, y cómo las vidas de los blogueros de viajes particularmente son curados para conseguir más ‘likes’ y ser compartidos en las redes sociales. No se puede negar que algunos blogueros esconden la realidad de sus viajes para que sus seguidores no tengan que presenciar el aburrimiento que a veces acompaña los viajes perpetuos, como las esperas eternas en estaciones de buses y aeropuertos, los viajes incómodos en camiones y motos, y a veces, más tiempo libre de lo que uno quisiera tener.

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Isla de Cotijuba, Pará

Aunque normalmente sólo subo fotos de los paisajes y ciudades que he visitado—porque son las imágenes que me llevo de cada lugar y las que quiero compartir—he tratado de mantener la veracidad de mis historias compartiendo también mi frustración durante viajes larguísimos e incómodos en barcos, o de no sentirme en casa en todos los lugares adonde llego. Hago esto porque, no sólo quiero mostrar la realidad de una Vida Nómada, sino porque simplemente estoy documentando mis viajes por Brasil; no estoy compitiendo por ‘likes’ (obviamente) ni queriendo causar envidia por la vida que he escogido vivir.

La verdad es que estoy viviendo una vida muy normal mientras viajo por Brasil, sólo que estoy cambiando de ciudad constantemente. Generalmente, mis días son bastante normales, aunque algo preocupante es con la normalidad que me preocupo por mi seguridad. Este sentido de inseguridad ha dificultado mi habilidad de fotografiar muchas de las ciudades en las que he estado, porque no es seguro andar con la cámara. Me encantaría compartir lo que veo en las calles, pero a veces lo único que puedo hacer es grabar esas imágenes en mi mente y tratar de no olvidarlas nunca; como el chico de 17 años que vi con un carrito lleno de licores al medio día al frente de una caricatura pintada en la pared, o el hombre preparando pescados frescos en un hueco de un muro naranja bajo el sol caliente de Fortaleza.

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Lençóis Maranhenses, Maranhão

Y así, entre imágenes y sensaciones inolvidables, la vida sigue cambiando de ritmo, moviéndose entre los colores y olores y sonidos que componen una ciudad. Las mismas cosas que formaban mi vida en Colombia forman mi vida aquí: voy a mercar, cocino, lavo, limpio, madrugo, veo películas malas, me preocupo por mi presupuesto, me pregunto cuándo voy a poder tener otra noche libre o pasar la mañana entera en la playa. La diferencia es que aquí no tengo las comodidades que hacen estas tareas más fáciles en casa.

Y claro, me la paso trabajando. Sea domingo or martes o viernes, siempre necesito estar disponible para el trabajo. Pero a pesar de las restricciones de una vida laboral normal, también tengo los privilegios de un trabajo a distancia. Hace unas semanas, por ejemplo, viajé casi 170 km al sur de Fortaleza a Canoa Quebrada, un pueblito en la costa que ha sido invadido por los franceses, los ingleses, los portugueses, y eventualmente, los hippies. La historia cuenta que un hombre de Pakistán fue quien dejó la marca más grande cuando talló una luna creciente y una estrella en los acantilados de la playa, un símbolo que hasta hoy representa el pueblo.

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Canoa Quebrada, Ceará

Aunque trabajé todos los días que estuve allá, siempre encontré el tiempo para ir a la playa y salir en las noches a probar la comida y oler la sal en el aire. Me encantaba salir a caminar por las calles empedradas hasta la playa, nadar en las olas fuertes, y admirar la costa Atlántica desde los acantilados. Pero la mejor parte fue escaparme de la ciudad y estar más cerca a la naturaleza; me revitalizó e hizo el regreso a Fortaleza muy difícil.

Aparte de mi blog y otros proyectos en línea, también estoy haciendo intercambio de trabajo en hostales; ya terminé mi trabajo en Fortaleza, la capital del estado de Ceará, ahora estoy trabajando en un hostal en Recife, en el estado de Pernambuco, y trabajaré en otro en Natal, en el estado de Rio Grande do Norte, el próximo mes. Para cumplir con mis compromisos, sólo me pude quedar una semana en São Luís, capital del estado de Maranhão, aunque me hubiera encantado quedarme más tiempo. Y estuve trabajando tanto durante esa semana (por lo que estoy muy agradecida) que ni siquiera pude conocer mucho la ciudad ni visitar las playas. Pero a pesar de pasármela sentada en el computador trabajando, no subí ninguna foto mía así porque no me parece muy interesante, entonces entiendo cómo eso se puede interpretar como excluír parte de la historia, pero ¿de verdad preferirían verme pegada a una pantalla que una foto del mágico centro histórico de São Luís?

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São Luís, Maranhão

Yo sé que si sólo resaltara los días que paso en la playa o en la selva, sería fácil pensar que estoy viviendo una vida idílica visitando playas y ciudades de 400 años—y bueno, lo estoy haciendo—pero no es lo único que hago. La verdad es que he pasado la mayoría de los últimos dos meses sentada trabajando todo el día mientras los otros huéspedes salen a conocer, pasando sus días tomando cerveza en la playa o bailando reggae en algún bar del centro.

Pero no me estoy quejando, aunque tampoco me quejaría de tener más tiempo en la playa o caminando por las calles empedradas de ciudades centenarias construidas con azulejos portugueses. Pero esa es la realidad de Mi Vida Nómada: el trabajo es lo primero, la diversión segundo. Y la mayoría de los días estoy demasiado cansada después del trabajo para hacer otra cosa.

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Canoa Quebrada, Ceará

Pero después pienso, si esos son mis ‘problemas’, no los cambiaría por nada. Y esa es la belleza de mi vida: no se trata sólo de viajar, conocer playas y probar comidas exóticas, sino de tener la libertad de escoger el estilo de vida que más me conviene y que me hace feliz. Pienso que eso es lo que todos deberíamos buscar—hacer lo que nos gusta de una manera sostenible. Porque aunque a mí me encanta viajar, moverme, y conocer lugares y personas nuevas, eso no es necesariamente lo que todo el mundo quiere—no es el estilo de vida para todos.

Entonces pienso que en vez de hablar del lado sofisticado del viaje (porque mi estilo de viajar realmente no es nada elegante), deberíamos cambiar la narrativa para esclarecer que nosotros (‘nómadas’) no dejamos atrás nuestras vidas estables para viajar sólo porque podemos, sino porque debemos. Y si para ti no es una necesidad, no lo hagas; si una vida nómada e incierta no es para ti, no la busques simplemente porque está de moda o porque crees que, según lo que lees en internet, es lo que deberías hacer.

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Fortaleza, Ceará

Creo que, a fin de cuentas, sin importar la vida que escojas, son los momentos pequeños que valen y son los que deberíamos apreciar, porque son esos preciosos segundos e imágenes que se suman para construir nuestros días y semanas y meses y años y, eventualmente, se convierten en nuestras vidas, así que deberían valer la pena. Para mí, esos pequeños momentos me hacen feliz, como caminar por la calle después de hacer alguna vuelta burocrática y ver una pared azul al frente, y darme cuenta que ¡es el Atlántico! O caminar por la playa en camino al mercado y ver una chica en patineta con una tabla de surf bajo el brazo. O hablar con personas de todas partes del mundo y saber que algo nos trajo a todos a este lugar.

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São Luís, Maranhão

Me encanta el camino que he encontrado, y me sorprendo a mí misma constantemente en este viaje con todo lo que estoy aprendiendo, como cuando tengo una conversación profunda con alguien en portugués y me doy cuenta que ya puedo expresar mis ideas claramente en este idioma. O cuando finalmente descubro cuál bus coger sin tenerle que preguntar a todo con quien me tropiezo en la calle. Así que espero que sigas este viaje a través de mis fotos e historias, y que si piensas que estoy fallando en mi manera de documentar mi viaje, ¡me lo digas!

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Mi Vida Nómada

 

Vida Nómada: Del Amazonas al Atlántico

Día 1

Mi salida de Manaus en la mañana del 23 de diciembre de 2015 no fue lo que me había imaginado. Sentada en la cubierta del Amazon Star, el barco que me llevará a Belém, casi a la media noche, no dejo de pensar en el robo de mi última noche allá. A pocos metros de la puerta del hostal, dos hombres en una moto nos atracaron a mí y otros dos amigos. Todo pasó tan rápido, y aunque el instinto me decía que corriera, el arma que tenía el atracador entre el pantalón me obligó a eventualmente permitir que me arrancara el bolso. AmazonStar 3

Fue un aprendizaje, me digo a mí misma, de no salir con cosas que no voy a necesitar, especialmente en la noche; pudo haber sido mucho peor, me repito, tratando de olvidar todas las cositas que tenía ahí—unas gafas de sol, dos libretas pequeñas, un candado, una memoria USB, el celular. Pero había tenido un día largo y no estaba pensando, y estando tan cerca a Navidad, era de esperarse que la gente, desesperada por llevar regalos a su casa, salga a buscar víctimas en las calles oscuras del centro de la ciudad. Trato de olvidar el robo y miro el cielo negro del Amazonas.

A pesar de haber llegado al barco a las 7:30 am, los espacios para las hamacas ya eran escasos y me tuve que acomodar en el medio de la atestada cubierta, rodeada por filas de hamacas a lado y lado. Pienso que si hubiera venido a dormir al barco la noche antes de zarpar, no sólo tendría un mejor espacio pero no me hubieran robado. Sé que de nada sirve pensar en todo lo que pude haber hecho de otra manera para evitar el atraco, o mi incomodidad en el barco, pero en la oscuridad de la noche no lo puedo evitar.

Aún no han apagado las luces cuando vuelvo a bajar a la cubierta del medio, que está tan copada por hamacas y equipaje que para salir tuve que gatear bajo la gente que duerme apañuscada, con cobijas y almohadas, tratando de descansar antes del desayuno. Hay tantaAmazonStar 19 gente que cada movimiento desencadena un temblor que pasa entre las hamacas, todas entrelazadas, pies y cabezas peligrosamente cerca sin importar la posición que se escoja.

Mientras unos duermen, otros leen sus Biblias y cantan novenas; seguro que es difícil para ellos estar encerrados en un barco durante las fiestas religiosas y necesitan invocar algún sentido de normalidad durante el largo viaje por el río Amazonas. Guardo una pequeña esperanza que al menos algunos de ellos se bajen en los puertos del camino, aunque me estoy preparando para estar atrapada entre el gentío hasta la llegada a Belém, ciudad a las orillas de la desembocadura del gran río en el Atlántico.

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Apagaron la mayoría de las luces a las 2 am, y pasadas las 7 am no las han prendido a pesar de la oscuridad en la cubierta, causada en parte por el cielo opaco y nublado (¿o es humo otra vez?) y en parte por la cantidad de toallas que cuelgan del techo, tapando la poca luz que logra filtrarse por las ventanas. Un poco antes de las 6 am pasó alguien con una campana marcando el comienzo del día.

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Después de una ducha, entro al comedor en mi nivel y compro el desayuno de $10 Reales—jugo, café con leche, pan, jamón, queso, un huevo frito, y una selección de frutas—y no el de $5 Reales—pan, café con leche y un tipo de pudín que parecía arroz con leche. Sentada en una de las cinco mesas azules del comedor, me doy cuenta que soy la única persona comiéndome un desayuno grande; aparte de dos parejas que compartían el plato de R$10, todos los otros comensales tienen el escaso desayuno de R$5, embadurnando el pan con una exageración de mantequilla, tratando de darle más sustancia a la comida.

Hacemos nuestra primera parada en el puerto de Parintins, pero pocos pasajeros desembarcaron. El día está frío (bueno, frío tropical) y el cielo blanco, contrastando con las aguas color chocolate del Amazonas. Acostada entre las coloridas hamacas, colgadas sobre el piso que ya está lleno de basura, entre ronquidos, llantos y cantos, invadida por el olor a humo que emana de la selva, decido seguir leyendo y prepararme para la primera siesta del día, pensando en lo diferente que fue mi viaje en el Itaberaba, de Tabatinga a Manaus, ya hace más de dos meses.

AmazonStar 13La algarabía de la gente y el silencio de los motores me despertaron de mi siesta. Hicimos una rápida parada en el puerto de Juruti, donde finalmente veo el cielo azul y libre de humo. Para cambiar de entorno, subo a la cubierta superior, donde se vive un ambiente completamente distinto al relativo silencio del piso de las hamacas: arriba, donde pegan la brisa y el sol, hay música y gente conversando animadamente, muchos de ellos tomándose unas cerveza y unos selfies, disfrutando del paisaje y del viaje. Pero hay tanta gente que no encuentro una silla y me siento en el suelo a mirar las playas destapadas y los árboles secos de la selva. Es el mismo paisaje que se veía desde el Itaberaba, aunque la vegetación es menos espesa y los árboles más pequeños y dispersos, al menos en las orillas.

Después de una corta pero fuerte lluvia, paramos en el puerto de Óbidos, ya en el estado de Pará, donde tienen pequeñas embarcaciones amarillas designadas al transporte escolar. Al atardecer, hay pólvora, supongo para celebrar la Navidad. Con el aire acondicionado apagado y las ventanas abiertas, hace un calor casi insoportable en las hamacas, y sigo invocando la posibilidad que se baje mucha gente en Santarem, queriendo pasar las fiestas en tierra firme con sus familias.

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Para mi gran descanso, se bajan muchos pasajeros cuando llegamos a Santarem a las 8 pm. Aunque dejo mi hamaca en el mismo lugar, ya tengo espacio no sólo para estirarme diagonalmente en ella sin tropezarme con pies, codos, o cabezas, sino que por fin tengo cómo salir sin gatear debajo de las otras personas. Y siquiera, porque me enteré que nos quedaremos en el puerto hasta mañana.

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No duró mucho mi dicha de tener espacio para estirarme en la hamaca ya que en la mañana llegaron más pasajeros que van a Belém, aunque no está tan atestado como el primer día. También descubrí que en la cafetería de la cubierta superior venden sánduches calientes de jamón y queso a R$4, lo que hubiera sido una mejor opción para la comida de anoche, ya que compré (y no fui capaz de terminar) un plato demasiado grande de carne, arroz, pasta, y fariña.

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La salida de Santarem, cerca al medio día, trae una inesperada sorpresa: otro encuentro de los ríos tan espectacular como el de Manaus. Las aguas, en este caso aguamarina y chocolate, bailan y crean una línea divisoria que contrasta con la selva verde que rodea el río. La esperanza de conocer Alter do Chão ahora, y no tener que esperar hasta mi regreso en casi dos años, se intensificó y evaporó con la salida del barco.

Unas horas después, hablando con unas mujeres que se sacaban pelos y granos unas a otras en la cubierta superior, me entero que no llegaremos a Belém mañana como esperaba, pero temprano pasado mañana, lo cual significa pasar una noche más en el Amazon Star. Para lidiar con esta información decido tomar cerveza. AmazonStar 23

Sentada en la cubierta con una cerveza fría, intentando seguir las conversaciones rápidas en portugués de las mujeres, noto que aquí el río es mucho más ancho que antes, cumpliendo con su reputación por ser el más caudaloso del mundo, incluso en la temporada seca que ha expuesto las riberas y playas del Amazonas. Después de demasiadas cervezas, invitación de un hombre enamorado de una de las mujeres con quienes hablo, finalmente bajo a comer y dormir.

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Se se subió mucha gente en Monte Alegre, llenando el barco aún más que el primer día cuando salimos de Manaus. La ansiedad de llegar está empeorando con la claustrofobia. Dormí apañuscada entre hamacas que están tan cerca, que es imposible moverse sin pegarse con alguien, o quedarse quieto sin que el vecino me mueva. Estamos unos encima de otros, y ya hasta los pasillos están ocupados por las hamacas y equipaje de los pasajeros que embarcaron en la noche.

En la tarde, cuando me despierto de una larga siesta, miro por la ventana y veo la selva. Sí, he estado viajando por el Amazonas hace más de dos meses, pero ésta es la primera vez que veo la selva en Brasil tal como uno se la imagina: vegetación espesa, tupida, verde, vibrante, colgando sobre el río. Pasamos pequeñas comunidades de casas de madera que a penas se ven entre las palmas de coco y los manglares. Los indígenas se acercan al barco en sus canoas esperando que los pasajeros les tiren paquetes de comida y bolsas con ropa. Bajo el sol fuerte y el cielo azul, viajamos lentamente por el estrecho canal del río que nos saca de la monotonía de los últimos días. Siento que, a pesar de haber ya salido del estado de Amazonas, finalmente llegué a la selva.

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Hacemos una última parada en la noche en el puerto de Breves y mi ansiedad llega a su punto máximo, ya desesperada por dormir lejos de las niñas que mueven mi hamaca todo el día, del gordo que ronca toda la noche, de la suciedad de los baños, de gatear sobre el piso mugroso, de las latas de cerveza a R$5, de las mismas caras curiosas que miran todo el día, de estar encerrada entre esa nave que flota por el río.

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Día 5

Incapaz de dormir entre el gentío, paso la última noche desvelada, viendo cómo el cielo pasa de un negro profundo a un morado suave y AmazonStar 27eventualmente a un azul brillante. Veo a Belém en la distancia, bañada por la luz del amanecer, rodeada de nubes. Me sorprende el tamaño de la ciudad, los edificios altos a las orillas del río, el puerto moderno y limpio. Llego al hostal a comer y dormir, y a recuperarme de este viaje que resultó siendo más difícil de lo que me imaginaba, pero también más satisfactoria la llegada a esta nueva ciudad.

 

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Mi Vida Nómada
Manaus

Vida Nómada: Encontrando el Camino desde Manaus

Manaus - parque

Había estado tratando de escribir algo sobre Manaus en las últimas semanas; algo de esta extraña y loca ciudad de concreto que no logro entender pero que me ha encantado desde la noche que llegué. Ubicada en el medio del Amazonas, Manaus tiene 2.5 millones de habitantesManaus - rua y se extiende por más de 11,000 km² sobre las orillas del Río Negro. He pasado mis días visitando sus edificios viejos y caminando por sus calles desniveladas y llenas de huecos, preguntándome qué puedo escribir sobre este lugar tan exótico y tan raro.

He estado aquí más de un mes pero me sentía estancada, insegura de qué decir sobre este oasis gris que sólo insinúa estar rodeado por la gran selva, arruyándonos con el calor opresivo para que olvidemos dónde estamos, sin ofrecernos un respiro del enorme sol, sin arrepentimientos por obstruir la naturaleza con sus edificios altos y asfalto quebrantado, afferándose a los restos de la bonanza del caucho que construyó la ciudad en medio de la selva a finales del siglo XIX.

No podía escribir, no estaba segura de nada, y estaba empezando a dudar de mi propósito en Brasil. Y después leí el blog de mi amiga Carolina sobre su primer mes de estar viajando sola en el sur de Asia, y de no poder escribir hasta darse cuenta que todo se convierte en otra cosa diferente a la que planeaste cuando estás viajando, y que eso es lo más lindo, es lo que buscamos. Al recordar ese principio me llegó una ola de inspiración, no sólo para escribir, pero para hacer un plan y plantearme metas que pueda alcanzar metódicamente. Me encanta la vida nómada, lo impredecible y caótica que puede ser, pero tanto con la escritura como con la vida, me gusta volver el caos en un estado de desorden tangible, planeado con espontaneidad. Manaus - orelhao

Entonces empecé a hacer un plan, y a cambiarlo, y a adivinar y cuestionar todo, y finalmente creé un tipo de horario y presupuesto que me deben llevar hasta mediados de mayo del 2016. Supongo que tener una idea de qué voy a hacer en los próximos cinco meses y medio es suficiente, y ya que tengo el calendario lleno de nombres de lugares exóticos, puedo continuar moviéndome entre sueños por el alucinante Amazonas y el nordeste de Brasil.

Durante los próximos cinco meses y medio viajaré casi 6,000 km desde Manaus y su increíble plaza de mercado, su arquitectura colonial, su historia y su cultura, sus playas de agua dulce, sus iglesias, y claro, todas las picolés y din-din de cupuaçu (paletas y bolis de frutas tropicales) que pueda querer! No sé qué va a pasar o a quién voy a conocer, pero sí sé que estaré en Belém para Año Nuevo, en São Luis y los Lençois Maranhenses en enero, en Fortaleza para el carnaval, en Recife en marzo, y subiré otra vez a Natal en abril. Sé que visitaré las playas de Pipa y Olinda en el camino, y a veces desearé no haber planeado el viaje con tanta anticipación.

Sé que planear los próximos seis meses puede obstaculizar mi libertad de aprovechar oportunidades espontáneas que se presenten, pero tener este propósito, este camino, me da un sentido de responsabilidad a mí misma, de cumplir con mis planes, de seguir por toda la costa Atlántica hasta el vecino Uruguay, y después Argentina, para finalmente volver a Colombia… antes de ir a Francia.

Bueno, lo admito, soy planeadora de viajes compulsiva! Pero la vida es corta y maravillosa, y es demasiado fácil perderse en lo cotidiano, en la comodidad de la estabilidad o la inestabilidad, y no quiero perderme de nada. Para ver qué sigue, acompáñame en este viaje planeado con incertidumbre pero lleno de descubrimientos y aprendizajes.

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Vida Nómada

Vida Nómada: Encontrándome en el Agua

Ahora que me enfrento cara a cara con el comienzo de una vida nómada, entiendo que la preparación para este cambio va más allá de alivianar el equipaje; implica empezar desde cero, aprender a hacer las cosas de otra manera y ser más espontánea, guiada por eso que traigo por dentro, eso que no me permite la quietud. Es indispensable aceptar y alegrarme con la (¿percibida?) locura que me lleva a querer dejar atrás la estabilidad, y optar en cambio por una vida incierta y móvil.

Para mí todo comenzó en la niñez, seguro en mi primer cumpleaños cuando di mis primeros pasos sobre la arena negra de las playas de Cartagena, caminando hacia el mar, hipnotizada por el agua. Bueno, me imagino que fue un tipo de hipnosis o conjuro mágico, porque desde entonces no he dejado de perseguir aguas tropicales. Toda mi vida he estado encontrándome con el agua; parece que siempre estuviera yendo hacia el mar, o buscando cascadas encerradas entre rocas musgosas, o explorando cavernas de mármol en los ríos fríos que bajan de las montañas.

Mi fijación con descubrir los secretos que la Tierra esconde creció con los primeros mapas que miré, fascinada que el mundo se extendiera más allá de mi casa, de mi ciudad. Los primeros libros que me saboreé estaban llenos de animales y lugares exóticos, habitados por personajes fantásticos, viviendo vidas tan diferentes a la mía, envueltos en otros colores y olores, con otras lenguas y vestimentas. Siempre me he preguntado cómo sería la vida al otro lado del planeta, y he buscado incansablemente la respuesta, a tal punto que se ha convertido en la tesis de mi vida.

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Hikkaduwa, Sri Lanka

Un mapamundi inflable de la época de la Unión Soviética me quitó infinitos momentos, llevándome a soñar que alguna vez pisaría tierra en esos países con formas tan extrañas. Había algunos en particular que me cautivaban, como Sri Lanka, esa isla en forma de lágrima que cuelga al suroriente de la India; o las islas de la Polinesia, regadas por el Pacífico Sur como esmeraldas perdidas en el azul de ese océano infinito. Me han fascinado particularmente los oasis y las islas desiertas—dos paradojas naturales de los paisajes tropicales. Tendrá algo que ver con la soledad implícita de esos lugares tan remotos, que vi en fotografías que parecían pinturas hechas por artistas de otros mundos.

La geografía me apasionaba y se me llenaba la cabeza de preguntas sobre esos lugares, tan ajenos y cercanos a la vez; lugares que podía mirar pero no tocar, que podía estudiar pero sin saber a qué olía su aire. No llegar a conocerlos, a pisarlos y olerlos, nunca ha sido una opción para mí, mi terquedad aboliendo cualquier duda que la realidad se atreva a interponer.

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Parque Nacional Natural Tayrona, Colombia

El viaje, el trópico, la selva y el mar son pasiones tan profundamente arraigadas en mi ser que forman parte de la fibra que me compone, como si estuviera hecha de arena y aguasal. Ando poseída por la necesidad de conocer el mundo; obsesionada por llevarme el recuerdo de la brisa cálida de cada playa; de tatuarme el sonido del mar chocando contra las rocas. Ando tan perdida entre mapas y sueños, atrapada por alucinaciones de aguas turquesas que recorren mares y ríos, que he decidido dejarme llevar completamente por mi atracción al movimiento, al cambio, a lo inesperado.

En unas cortas semanas emprenderé un viaje por el Amazonas, de Colombia a Brasil, del Caribe a los Andes y más allá de los grandes ríos que cruzan la selva. Me voy buscando quién sabe qué cosas, viajando por las aguas negras rodeadas de todos los tonos de verde imaginables; aguas que me llevarán hasta el mar, hasta esa mágica costa Atlántica que conserva la forma que encaja con el África. Quiero estar ahí, en las orillas de ese ombligo, de esa boca que sobresale como haciéndole señas al antiguo continente, llamando a la vieja madre, rogándole a los mares que junten las tierras otra vez.

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Pantano Cayarú, Amazonas peruano

Espero compartir mi viaje desde el proceso físico de dejarlo todo atrás hasta las aguas oscuras del Amazonas y la enigmática costa Atlántica. Documentaré mi experiencia del desapego de lo material—bueno, excepto las indispensables especias aromáticas y cucharitas de palo que ocuparán su puesto en mi equipaje—; del viaje de tres días entre Leticia y Manaus; de las playas temporales de los ríos del Lençóis Maranhenses; de lo inesperado y lo mágico que sólo el camino puede revelar.

He tenido la suerte de conocer muchos de esos lugares con los que soñaba; me he perdido ya en varios continentes, enamorándome cada vez más de las posibilidades infinitas que existen al viajar, al aprender. Y pronto cumpliré otro de mis deseos, conjurado alguna vez mirando un mapa, de conocer qué hay entre esas delgadas líneas azules que dicen llevar el agua de la tierra al mar.

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