Stories That Cross Boundaries: From the Amazon to the Atlantic

Photographs of my second boat trip in Brazil, from Manaus, in the Amazon, to Belém, on the mouth of the Tapajós River near the Atlantic coast. Read the story of this journey here.

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Fotografías de mi segundo viaje en barco en Brasil, de Manaus, en el estado de Amazonas, a Belém, en la desembocadura del río Tapajós cerca la costa Atlántica. Lee la crónica del viaje aquí.

Leticia to Manaus / De Leticia a Manaus
Travel / Viajes – 20152011-2014
My Nomadic Life / Mi Vida Nómada
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Manaus, Amazonas

Located in the middle of the Amazon Rainforest, Manaus is home to 2.5 million people and spreads out over 11,000 km² along the banks of the Rio Negro. It is a grey oasis that only hints at the great jungle that surrounds it, lulling us with its oppressive heat into forgetting where we are, offering no respite from the giant, hot sun, unapologetic for obscuring nature with its tall buildings and cracked asphalt, still clinging on to the remnants of the rubber boom that built the city amidst the thick rainforest in the late XIX century.

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Ubicada en el medio del Amazonas, Manaus tiene 2.5 millones de habitantes y se extiende más de 11,000 km² sobre las orillas del Río Negro. Es un oasis gris que sólo insinúa estar rodeado por la gran selva, arruyándonos con el calor opresivo para que olvidemos dónde estamos, sin ofrecernos un respiro del enorme sol, sin arrepentimientos por obstruir la naturaleza con sus edificios altos y asfalto quebrantado, afferándose a los restos de la bonanza del caucho que construyó la ciudad en medio de la selva a finales del siglo XIX.

Cemitério São João

There are over 80,000 bodies buried in the Sao Joao Cemetery in Manaus which was built in 1891. The graves are separated–the Jews on one side and Catholics and Christians in the other, larger, area. These photographs were taken on the Day of the Dead, on November 2 of 2015, when people visit cemeteries, bring flowers, and light candles for the dead.

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El Cementerio São João de Manaus, construido en 1891, tiene más de 80,000 cuerpos sepultados. Las tumbas están separadas–los judíos a un lado y los católicos y cristianos en la otra sección, que es más grande. Tomé estas fotografías el 2 de noviembre de 2015, el Día de los Muertos. Esta fecha es conmemorada con visitas a los cementerios, donde las personas llevan flores y prenden velas para quienes ya no están.

Palacete Provincial

Located in the Heliodoro Balbi plaza, construction on the Provincial Palace was finished in 1874. It served as a governmental house, a police station, a school, and a public library before being turned into a museum in 2009.

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Ubicado en la plaza Heliodoro Balbi, la construcción del Palacete Provincial fue terminado en 1874. Sirvió de casa gubernamental, estación de la policía, un colegio, y biblioteca pública antes de ser reformado como museo en 2009.

Palácio Rio Negro & Parque Jeferson Peres

Built in the early XX Century, the Rio Negro Palace was originally a private residence during the rubber boom in the Amazon. It was then turned into the governor’s residence, and eventually opened as a cultural centre in 1997.

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Construido a principios del siglo XX, el Palacio Río Negro fue originalmente una residencia privada durante la bonanza del caucho en el Amazonas. Después fue convertido en la residencia del governador, antes de ser convertido en un centro cultural en 1997.

Teatro Amazonas

My favourite thing in the city, apart from it’s market place, is the Amazonas Opera House. Finished in 1896, it is an imposing structure; its pink exterior is capped by a Brazilian flag dome, built entirely with individual, hand-placed stones brought from Europe.

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Lo que más me gusta de Manaus, además de su plaza de mercado, es el Teatro Amazonas. Esta imponente estructura fue terminada en 1896, y aún deslumbra con su fachada rosada y su domo, que brilla con los colores de la bandera del Brasil y está hecho completamente de piedras traidas de Europa y puestas a mano.

Rio Negro & Praia da Lua

The Rio Negro (Black River) starts its course in Colombia, where it’s known as the Guania River. After a short run through Venezuela, it dips into Brazil and through the state of Amazonas, travelling East, parallel to the Amazon, eventually turning into the Solimoes River; the place where they join is known as the meeting of the waters, a spectacular natural occurance where the different waters come together without mixing.

Praia da Lua (Moon Beach), is one of the most popular for swimming on the white beaches of the largest black river in the world.

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El río Negro nace en Colombia, donde es conocido como el río Guanía. Después de recorrer un tramo corto por Venezuela, baja al estado de Amazonas en Brasil, donde corre hacia el oriente, paralelo al Amazonas, y finalmente se convierte en el río Solimoes. El lugar donde se juntan estos ríos es conocido como el ‘encuentro de las aguas’, una espectacular ocurrencia natural donde las aguas se juntan sin mezclarse.

La Playa de la Luna es una de las más populares para nadar en las orillas de arena blanca del río de aguas negras más grande del mundo.

Travel / Viajes – 2015-20162011-2014

Vida Nómada: Encontrando el Camino desde Manaus

Manaus - parque

Había estado tratando de escribir algo sobre Manaus en las últimas semanas; algo de esta extraña y loca ciudad de concreto que no logro entender pero que me ha encantado desde la noche que llegué. Ubicada en el medio del Amazonas, Manaus tiene 2.5 millones de habitantesManaus - rua y se extiende por más de 11,000 km² sobre las orillas del Río Negro. He pasado mis días visitando sus edificios viejos y caminando por sus calles desniveladas y llenas de huecos, preguntándome qué puedo escribir sobre este lugar tan exótico y tan raro.

He estado aquí más de un mes pero me sentía estancada, insegura de qué decir sobre este oasis gris que sólo insinúa estar rodeado por la gran selva, arruyándonos con el calor opresivo para que olvidemos dónde estamos, sin ofrecernos un respiro del enorme sol, sin arrepentimientos por obstruir la naturaleza con sus edificios altos y asfalto quebrantado, afferándose a los restos de la bonanza del caucho que construyó la ciudad en medio de la selva a finales del siglo XIX.

No podía escribir, no estaba segura de nada, y estaba empezando a dudar de mi propósito en Brasil. Y después leí el blog de mi amiga Carolina sobre su primer mes de estar viajando sola en el sur de Asia, y de no poder escribir hasta darse cuenta que todo se convierte en otra cosa diferente a la que planeaste cuando estás viajando, y que eso es lo más lindo, es lo que buscamos. Al recordar ese principio me llegó una ola de inspiración, no sólo para escribir, pero para hacer un plan y plantearme metas que pueda alcanzar metódicamente. Me encanta la vida nómada, lo impredecible y caótica que puede ser, pero tanto con la escritura como con la vida, me gusta volver el caos en un estado de desorden tangible, planeado con espontaneidad. Manaus - orelhao

Entonces empecé a hacer un plan, y a cambiarlo, y a adivinar y cuestionar todo, y finalmente creé un tipo de horario y presupuesto que me deben llevar hasta mediados de mayo del 2016. Supongo que tener una idea de qué voy a hacer en los próximos cinco meses y medio es suficiente, y ya que tengo el calendario lleno de nombres de lugares exóticos, puedo continuar moviéndome entre sueños por el alucinante Amazonas y el nordeste de Brasil.

Durante los próximos cinco meses y medio viajaré casi 6,000 km desde Manaus y su increíble plaza de mercado, su arquitectura colonial, su historia y su cultura, sus playas de agua dulce, sus iglesias, y claro, todas las picolés y din-din de cupuaçu (paletas y bolis de frutas tropicales) que pueda querer! No sé qué va a pasar o a quién voy a conocer, pero sí sé que estaré en Belém para Año Nuevo, en São Luis y los Lençois Maranhenses en enero, en Fortaleza para el carnaval, en Recife en marzo, y subiré otra vez a Natal en abril. Sé que visitaré las playas de Pipa y Olinda en el camino, y a veces desearé no haber planeado el viaje con tanta anticipación.

Sé que planear los próximos seis meses puede obstaculizar mi libertad de aprovechar oportunidades espontáneas que se presenten, pero tener este propósito, este camino, me da un sentido de responsabilidad a mí misma, de cumplir con mis planes, de seguir por toda la costa Atlántica hasta el vecino Uruguay, y después Argentina, para finalmente volver a Colombia… antes de ir a Francia.

Bueno, lo admito, soy planeadora de viajes compulsiva! Pero la vida es corta y maravillosa, y es demasiado fácil perderse en lo cotidiano, en la comodidad de la estabilidad o la inestabilidad, y no quiero perderme de nada. Para ver qué sigue, acompáñame en este viaje planeado con incertidumbre pero lleno de descubrimientos y aprendizajes.

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Vida Nómada

Stories That Cross Boundaries: Leticia to Manaus

I like to live in a world without boundaries, and tell stories that follow that philosophy; I should live like that, too. So here are photographs of my journey over the Amazon River, from Leticia, in Colombia, to Manaus, in Brazil.

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Me gusta vivir en un mundo sin fronteras, y contar historias que siguen esa filosofía; debo vivir de la misma manera, también. Así que aquí están las fotografías de mi viaje por el río Amazonas, de Leticia, en Colombia, a Manaus, en Brasil.

Leticia, Colombia
Itaberaba I – Tabatinga – Manaus, Brasil
Manaus, Brasil
Travel / Viajes – 20152011-2014

Vida Nómada: Viajando a Manaus, La Puerta del Amazonas

DSCN0192Día 1

DSCN0309Desde la cubierta del Itaberaba 1, embarcación que nos lleva de Tabatinga a Manaus, vemos cómo se esconde el sol detrás del río en un escándalo de visos rojos que cortan las pocas nubes que se atreven a cruzarlo. La luz roja ilumina las hamacas coloridas que cuelgan en las cubiertas, meciéndose con la fuerte brisa y el suave movimiento del barco. La luna le sonríe al río mientras la bandera de Brasil ondula orgullosamente su lema—Orden y Progreso—y nos despedimos de la frontera colombiana.

A esta hora ya comimos estofado de costilla de cerdo y pastas, y agotadas de la espera en el calor de la tarde, disfrutamos del paisaje de los bajos bancos del Amazonas desde nuestras hamacas, un paisaje monótono sin ser aburridor. Parece imposible creer que finalmente estamos aquí, comiendo paleta de cupuaçu, que puede no estar en cosecha en Colombia pero sí en Brasil. Disfrutando del sabor dulce de este fruto selvático, zarpamos del puerto brasileño.

Salimos retrasados de Tabatinga, como era de esperarse en estas tierras calurosas y húmedas, después de una requisa por parte de la Policía Federal del Brasil, que buscan todo tipo de contrabando que pueda ser transportado entre las fronteras. Poco tiempo después nos detienen de nuevo, obligándonos a esperar casi una hora mientras recorren la embarcación.

DSCN0256Nos preparamos para la noche con linternas y cobijas, pantalones y naipes; en nuestras hamacas, ya con las luces apagadas, esperamos la mañana con ansias, preguntándonos qué traerá el primer día completo abordo el Itaberaba. Me acuesto pensando en los puertos que conoceremos en el camino. Pero a pesar del cansancio, es difícil conciliar el sueño sabiendo que estamos navegando este gran río de aguas oscuras, viendo cómo la selva se convierte en una silueta que se desaparece y confunde con la oscuridad del cielo.

Día 2

La noche fue interrumpida por la sirena del barco que anunciaba con fervor nuestra primera parada en puerto. Después de una espera eterna, continuamos el camino hacia el sur-oriente, con el frío que ya sí es frío, pero que los nativos de la zona asumen con sus piernas y brazos destapados, mientras nosotras tiritamos, envueltas en cobijas y sacos de dormir.

El alba no tarda en mostrarnos la silueta gris de la selva, que se manifiesta entre la bruma pesada que cubre el río y el cielo al amanecer; temprano en la mañana, sólo se ven los árboles mientras el resto del universo permanece cubierto por la espesa manta blanca. El comienzo del día se anuncia con alarmas y luces fuertes, y con el resplandor del sol, tan rojo y brillante como al atardecer, que ilumina el río desde las 6 de la mañana. Tomamos el desayuno—un café con leche muy dulce, y unos sanduchitos de jamón y queso—y nos preparamos para las siguientes 24 horas.
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A las 10 de la mañana, cuando ya ha subido la temperatura drásticamente, y hemos tenido tiempo de lavar alguna ropa y organizar nuestro equipaje, el cual apiñamos y amarramos con cabuya en un montón entre las hamacas, tenemos otra visita de la Policía Federal. Revisan nuestros pasaportes y responden con la ya habitual expresión de sorpresa y admiración al ver que vinimos al Brasil como residentes temporales, con permiso de quedarnos dos años en el país.

DSCN0210Pasamos varios puertos en el camino, como São Francisco de Assis, una población a las orillas del río adornado con casitas coloridas construidas en concreto y madera y con techos de lata, que deben recalentarse con el sol de la temporada seca y causar estruendos con las tormentas de la temporada de lluvias. Finalmente suena la sirena y seguimos el viaje.

El día transcurre sin mayor incidencia. Dormimos, comemos, y admiramos el paisaje que ruega que lleguen las lluvias pesadas; por el horizonte se esparcen las copas blancas de los árboles secos y las playas de arenas naranja. Jugamos UNO, conversamos con otros pasajeros, y atendemos las picaduras de mosquitos que trajimos desde Leticia.

Las campanas que anuncian el almuerzo y la comida—que se sirven aproximadamente desde las 10:30am-1230pm y de 5-7pm, respectivamente—crean algarabía entre los pasajeros; hacen fila para ser los primeros en entrar al comedor, pero la mayoría ni se molestan por mirar cuando pasan los delfines de río, o las guacamayas coloridas que sobrevuelan la selva. Y entonces cae el sol y el agua se tiñe de rosados y azules pastel; se prenden las luces y nos preparamos para otra noche fría navegando el Amazonas. DSCN0223

IMGP0694Día 3

El frío que esperábamos en la noche sólo llegó con la niebla de la madrugada. Pero antes de que hiciera frío, antes de ver las estrellas, la media luna brilló roja, sus destellos reflejados sobre el río; sigo pensando en la luna cuando me despierto. La mañana huele a lluvia; el cielo está gris, el viento frío, y la arena de las playas se revuelca en remolinos furiosos. Caen algunas goteras que mandan a los pasajeros a sus hamacas, pero no dura; pronto escampa y sube la temperatura. No ha llovido suficiente y el río está seco, dificultando a ratos la navegación.

Con la siguiente visita de la Marina, que abordan armados y tomando fotos para sus registros, nos enteramos que la mayoría de las requisas no son para encontrar drogas, como nos imaginábamos, sino para prevenir la comercialización de animales silvestres, que en su mayoría están en época de reproducción, lo cual sube la incidencia de tráfico ilegal de especies exóticas. Cuando se bajan los marineros y seguimos nuestro camino, el aburrimiento y el encierro empiezan a afectar a las personas, todos los juegos, revistas, y libros ya agotados, igual que la paciencia. Pasamos el día durmiendo, comiendo, y jugando UNO.

Día 4

DSCN0248El sol penetra la niebla mientras tocan incesantes las campanas que anuncian el desayuno. De nuevo, nos sirven café con leche muy dulce y sanduchitos de jamón y queso. La rutina empieza a pesar, y los personajes del barco ya son demasiado familiares, cada uno con sus particularidades; me paso el tiempo observándolos, preguntándome si me están observando a mí también.

Está la señora cincuentona, por ejemplo, que duerme en una hamaca amarilla tejida y usa una bata con estampado floral de piyama. Tiene dificultades para dormir y se pasa las noches subiendo y bajando por la cubierta mientras su marido lucha contra el sueño, esperando que ella se acueste a su lado.

Está el niño de unos ocho años que, si no pasa tambaleándose medio dormido, obligado por su mamá a comer y bañarse, pasa jalando las cuerdas que cuelgan de todas las hamacas, desinteresado si hay alguien durmiendo en ellas o no. Hoy finalmente se ganó una palmada en la cabeza cuando su madre vio que despertó a un hombre que hacía la siesta.

Está la mujer de unos treinta años, con el pelo teñido rubio platino, que usa unos vestiditos muy ajustados y femeninos, y que tiene una vena várice muy brotada en la pierna izquierda en forma de media luna, que le baja desde el muslo hasta la pantorrilla.Ya delirando con el calor y el movimiento del agua, imagino que es una cicatriz que le dejó un tiburón de los que frecuentan las playas de la costa Atlántica del Brasil.

Y claro, están nuestras vecinas. Al lado tenemos a dos madres muy jóvenes con sus bebés. Una de ellas es gruesa y caderona, con el pelo lacio y ojos rasgados, que mece a su bebé, flaco y tranquilo, en su hamaca sin descanso. La otra es delgada y morena, y parece estar absolutamente agotada de lidiar con su hijo, un niño enorme y gritón, fuerte y terco, tan grande que tiene su propia hamaca colgada más alta que la de su mamá, y gatea por la cubierta con la cara mojada de lágrimas, en pañales sujetados por calzoncillos hechos para un niño de 4 años.

IMGP0806Y la solitaria vieja de pelo largo y gris que pareciera no levantarse de su hamaca ni para ir al baño, observando todo a su alrededor en silencio mientras come saltinas y toma café, siempre preocupada porque somos las últimas en comer y nos asegura se va a acabar la comida, pero siempre hay suficiente hasta para repetir.

La confirmación que llegaremos a Manaus a las seis de la tarde y no al medio día como se rumoraba entre los pasajeros—probablemente porque la llegada es a esa hora durante la temporada de lluvias—ha apagado un poco la emoción de la noche anterior, y todos nos acomodamos para el trayecto final, que nos dejará finalmente en la capital del Amazonas brasileño después de 96 horas de viaje. Suenan las campanas que nos llaman a la última comida en el fresco comedor—el único lugar con aire acondicionado. El almuerzo es pollo asado, arroz, frijoles, espagueti, y fariña. A pesar del horario estricto y temprano de las comidas, voy a extrañar la sazón de las cocineras del Itaberaba I.

Entre más nos acercarnos a Manaus, vemos con más frecuencia pequeñas poblaciones a lo largo del río, cada una con una iglesia imponente, y algunas con postes de electricidad e incluso carros y motos, lo que es sorprendente considerando que están rodeadas por la espesa selva amazónica. Los pescadores trabajan en sus canoas de madera, lanzando las redes al río y cubriéndose del sol con sombrillas de colores. Hacemos otra siesta, la tercera del día, sólo para pasar el tiempo.
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Vemos las siluetas de fábricas grandes entre el humero causado por quemas en la selva; ver a estos mamuts que parecieran soplar humo gris al sol opacado es una señal segura que nos acercamos a la ciudad. El capitán me dice que estamos a punto de llegar al encuentro de las aguas, el lugar donde el río Amazonas y el río Negro se juntan sin mezclarse, sus aguas claramente separadas, como bailando una danza exótica y juguetona, en la cual ninguno de los dos ríos quiere ceder su territorio. Las aguas chocolate del Amazonas y las negras del Negro crean una línea visible desde la distancia, marcando la llegada a Manaus.

El sol parece dibujado en el cielo mientras cae entre la selva y el concreto, mostrándose tal como es: una bola incandescente de fuego roja y viva. Los delfines juegan alrededor de los barcos, como recibiéndonos a la ciudad. Después de una larga espera, Manaus se manifiesta en la oscuridad con un juego de luces impresionante. A pesar de haberme preparado a mí misma para lo inesperado, esta ciudad grande e iluminada, hogar de 2.5 millones de personas, y rodeada por la noche amazónica, me sorprende.
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Llenas de ansias y emociones, nos bajamos del Itaberaba con nuestro equipaje y cruzamos un pequeñísimo puente que tiembla sobre las aguas oscuras con cada paso urgente de los pasajeros, todos impacientes por pisar tierra firme.

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Vida Nómada
Galería de Fotos

Nomadic Life: Travelling to Manaus, Gateway to the Amazon

DSCN0192Day 1

DSCN0309From the deck of the Itaberaba I, the boat that will take us from Tabatinga to Manaus, we watch the sun set behind the river in a scandalous show of red lights that break through the few clouds that dare cross it. The sunlight shines on the colourful hammocks that adorn the decks and sway with the breeze and the movements of the boat. The moon smiles at the river as the Brazilian flag waves proudly, displaying its motto—Order and Progress—and we say goodbye to the Colombian border.

By now we’ve eaten a pork rib and pasta stew and, exhausted from waiting in the afternoon heat, we enjoy the view of the low embankments of the Amazon from our hammocks, a view that is somehow monotonous but never boring. It seems impossible that we’re finally here, eating a cupuaçu popsicle, which might not be in harvest in Colombia but seems to be in harvest in Brazil; as we savour the sweet taste of this Amazonian fruit, we sail away from the Brazilian port.

Our departure from Tabatinga was delayed, which isn’t surprising in such a hot, humid place. We finally left after being searched by Brazil’s Federal Police, who look for all types of contraband that can be smuggled over the borders. Shortly after setting sail, they stop us again, forcing us to wait nearly an hour while they thoroughly search the boat.

DSCN0256We prepare ourselves for the night with flashlights and sleeping bags, long pants and playing cards; in our hammocks, with the lights out, we anxiously wait for morning and what our first full day on board the Itaberaba will bring; I close my eyes thinking about the ports we will see on the way. But despite being so tired, it’s hard to fall asleep knowing we’re sailing along this great river of dark waters, watching the jungle fade into a silhouette that disappears as it melds into the blackness of the sky.

Day 2

Our sleep was interrupted by the ship’s horn which noisily announced our first stop at port. After waiting for what seemed like an eternity, we finally continue our journey to the south-east. The night is cold but the locals sleep with bare arms and legs while we shiver, wrapped in blankets and sleeping bags.

Dawn quickly reveals the grey silhouette of the jungle as it appears beneath the heavy mist that covers the river and the sky at sunrise; in the early morning, only the trees are visible while the rest of the universe is covered by a thick white blanket. The day begins with loud bells and bright lights, and the sun, just as red and strong as it was at sunset, shines on the river from 6am. We have breakfast—a very sweet milk coffee and small ham and cheese sliders—and get ready for the next 24 hours on board.
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At 10 in the morning, when the temperature has risen drastically and we’ve had time to wash some clothes and organise our luggage, which we strap in a mound between our hammocks, we get another visit from the Federal Police. They check our passports and react with surprise and admiration when they learn we’re in Brazil as temporary residents, with a permit to stay in the country for two years.

DSCN0210We stop by several ports on the way, like São Francisco de Assis, a community built on the banks of the river, dotted with colourful little houses made of concrete and wood, topped off with tin roofs that must get very hot in the dry season and cause thunderous noise during the rainy season’s storms. The horn finally blows and we continue on our way.

The day passes without much incidence. We sleep, we eat, we stare at the landscape that begs for the heavy rains to come; the horizon is strewn with dry, white treetops and is coloured by dusty orange beaches. We play UNO, talk to other passengers, and look after the mosquito bites we brought from Leticia.

The bells that announce lunch and dinner—served approximately between 10:30am-12:30pm and 5-7pm, respectively—make the passengers rejoice; they line up to be the first ones into the dining room, though most of them don’t even bother to look out when the river dolphins swim past or the macaws fly over the jungle. When the sun sets, the water is dyed with pastel blues and pinks; the lights come on and we prepare for another cold night sailing the Amazon.

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Day 3

IMGP0694The cold we were expecting during the night only came with the morning fog. But before it was cold, before we saw the stars, the half moon shone bright red, its reflection twinkling on the river; I’m still thinking of the moon when I wake up. The morning smells of rain; the sky is grey, the wind is cold, and the sand on the beaches rolls around in furious whirlwinds. A few raindrops drive the passengers to their hammocks, but the rain soon stops and the temperature rises. It hasn’t been raining enough and the river is dry, making our passage difficult at times.

When the Navy visits us again, armed and photographing everyone on board, we find out they’re mostly searching for illegal trade of wild animals rather than drugs, as we assumed; it’s the breeding season for most of the exotic species of the region, so there’s a higher incidence of trafficking right now. The engines start up again as soon as they’re off board. Boredom and cabin fever start affecting people, with every game, magazine and book finished, just like our patience. We spend the day sleeping, eating, and playing UNO.

Day 4

DSCN0248The sun penetrates through the heavy fog while the incessant bells ring, announcing breakfast. Again, it’s sweet milk coffee and small ham and cheese sliders. Routine is starting to weigh on me, and the boat’s passengers are becoming all too familiar, each one with his or her own particularities, so I spend my time observing them, wondering if they’re watching me, too.

There’s a woman in her 50s, for example, who sleeps in a yellow knitted hammock and wears a flower-print gown to bed. She has trouble sleeping, so she spends the nights walking up and down the deck while her husband struggles to stay awake, waiting for her to join him by his side.

There’s the eight-year-old boy who either stumbles by half asleep, forced by his mother to bathe and eat, or runs by yanking the strings of every hammock, unworried whether there is someone sleeping in them or not. He finally got smacked behind the head today by his mom, who realised he woke up a man who was taking a nap.

There’s a 30-something year-old woman, her hair dyed platinum blonde, who wears very tight and feminine dresses, and has a prominent varicose vein on her left leg, shaped like a half-moon that  travels down from her thigh to her calf. Delirious from the heat and movement of the water, I imagine it’s a scar left by one of the many sharks that visit the beaches of Brazil’s Atlantic coast.

And of course, there are our neighbours. Right next to us, there are two very young mothers with their babies. One of them is thick and has big hips, with very straight hair and almond-shaped eyes; she sways her calm, skinny baby in the hammock all day long. The other is very thin and dark-skinned, and looks absolutely exhausted from chasing around her son, a huge, loud kid, strong and stubborn, so big he has his own hammock hanging above his mother’s. He crawls around the deck with his tear-stricken face, in diapers held up by underwear made for a 4-year-old.

IMGP0806And there’s the old lady with the long, grey hair, who seems to never get up from her hammock, not even to go to the bathroom. She silently watches everyone around her as she eats saltines and drinks coffee. She’s always worried because we’re the last to eat and she’s sure the food will run out, although there’s always enough for seconds.

The confirmation that we will arrive at Manaus at 6 in the afternoon and not midday as was rumoured among the passengers—probably because during the rainy season the boat comes in earlier—has dampened last night’s excitement, and we all settle in for the last leg of the journey, which will finally take us to Brazil’s Amazonian capital after 96 hours of travel. The lunch bells ring, calling us for our last meal in the cool dining room—the only space onboard with air conditioning. We have grilled chicken, rice, beans, spaghetti, and farinha, a thick, crunchy yucca flour. Despite the strict and early schedule of our meals, I’ll miss the food on the Itaberaba I.

The closer we get to Manaus, the more frequently we see small communities along the river, each with an imposing church, and some with electric posts and even cars and motorbikes, which is surprising considering they’re completely surrounded by the thick Amazon rainforest. Fishermen work in wooden canoes, casting their nets into the river and covering themselves from the harsh sun with colourful umbrellas. We take another nap, the third of the day, just to pass the time.

IMGP0825We see the silhouettes of big factories glowering amidst the smoke caused by forest fires; seeing the industrial mammoths that puff dark clouds into the hazy sun is a sure sign we’re getting close to the city. The captain tells me we’re nearing the meeting of the waters, the place where the Amazon River and Negro River meet without mixing, their waters visibly separated, as if dancing to an exotic and playful rhythm, where neither river gives in to the other, refusing to relinquish their territory. The chocolate waters of the Amazon and the black waters of the Negro create a clear line we can see from afar, signalling our arrival in Manaus.

The sun looks like it’s been drawn on the sky as it sets between the jungle and concrete, showing itself as it truly is: a live, incandescent ball of red fire. A few dolphins play around the ships, welcoming us to the city. After a long wait, Manaus appears in the darkness in an impressive show of lights. Despite preparing myself for the unexpected, this big, bright city of 2.5 million people surrounded by the Amazonian night surprises me.

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Anxious and excited, we disembark the Itaberaba with our luggage and cross a tiny bridge that towers above the black waters, and shakes with each passenger’s urgent steps, every one of us impatient to step on dry land.

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