Stories That Cross Boundaries: From the Amazon to the Atlantic

Photographs of my second boat trip in Brazil, from Manaus, in the Amazon, to Belém, on the mouth of the Tapajós River near the Atlantic coast. Read the story of this journey here.

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Fotografías de mi segundo viaje en barco en Brasil, de Manaus, en el estado de Amazonas, a Belém, en la desembocadura del río Tapajós cerca la costa Atlántica. Lee la crónica del viaje aquí.

Leticia to Manaus / De Leticia a Manaus
Travel / Viajes – 20152011-2014
My Nomadic Life / Mi Vida Nómada
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Vida Nómada: Viajando a Manaus, La Puerta del Amazonas

DSCN0192Día 1

DSCN0309Desde la cubierta del Itaberaba 1, embarcación que nos lleva de Tabatinga a Manaus, vemos cómo se esconde el sol detrás del río en un escándalo de visos rojos que cortan las pocas nubes que se atreven a cruzarlo. La luz roja ilumina las hamacas coloridas que cuelgan en las cubiertas, meciéndose con la fuerte brisa y el suave movimiento del barco. La luna le sonríe al río mientras la bandera de Brasil ondula orgullosamente su lema—Orden y Progreso—y nos despedimos de la frontera colombiana.

A esta hora ya comimos estofado de costilla de cerdo y pastas, y agotadas de la espera en el calor de la tarde, disfrutamos del paisaje de los bajos bancos del Amazonas desde nuestras hamacas, un paisaje monótono sin ser aburridor. Parece imposible creer que finalmente estamos aquí, comiendo paleta de cupuaçu, que puede no estar en cosecha en Colombia pero sí en Brasil. Disfrutando del sabor dulce de este fruto selvático, zarpamos del puerto brasileño.

Salimos retrasados de Tabatinga, como era de esperarse en estas tierras calurosas y húmedas, después de una requisa por parte de la Policía Federal del Brasil, que buscan todo tipo de contrabando que pueda ser transportado entre las fronteras. Poco tiempo después nos detienen de nuevo, obligándonos a esperar casi una hora mientras recorren la embarcación.

DSCN0256Nos preparamos para la noche con linternas y cobijas, pantalones y naipes; en nuestras hamacas, ya con las luces apagadas, esperamos la mañana con ansias, preguntándonos qué traerá el primer día completo abordo el Itaberaba. Me acuesto pensando en los puertos que conoceremos en el camino. Pero a pesar del cansancio, es difícil conciliar el sueño sabiendo que estamos navegando este gran río de aguas oscuras, viendo cómo la selva se convierte en una silueta que se desaparece y confunde con la oscuridad del cielo.

Día 2

La noche fue interrumpida por la sirena del barco que anunciaba con fervor nuestra primera parada en puerto. Después de una espera eterna, continuamos el camino hacia el sur-oriente, con el frío que ya sí es frío, pero que los nativos de la zona asumen con sus piernas y brazos destapados, mientras nosotras tiritamos, envueltas en cobijas y sacos de dormir.

El alba no tarda en mostrarnos la silueta gris de la selva, que se manifiesta entre la bruma pesada que cubre el río y el cielo al amanecer; temprano en la mañana, sólo se ven los árboles mientras el resto del universo permanece cubierto por la espesa manta blanca. El comienzo del día se anuncia con alarmas y luces fuertes, y con el resplandor del sol, tan rojo y brillante como al atardecer, que ilumina el río desde las 6 de la mañana. Tomamos el desayuno—un café con leche muy dulce, y unos sanduchitos de jamón y queso—y nos preparamos para las siguientes 24 horas.
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A las 10 de la mañana, cuando ya ha subido la temperatura drásticamente, y hemos tenido tiempo de lavar alguna ropa y organizar nuestro equipaje, el cual apiñamos y amarramos con cabuya en un montón entre las hamacas, tenemos otra visita de la Policía Federal. Revisan nuestros pasaportes y responden con la ya habitual expresión de sorpresa y admiración al ver que vinimos al Brasil como residentes temporales, con permiso de quedarnos dos años en el país.

DSCN0210Pasamos varios puertos en el camino, como São Francisco de Assis, una población a las orillas del río adornado con casitas coloridas construidas en concreto y madera y con techos de lata, que deben recalentarse con el sol de la temporada seca y causar estruendos con las tormentas de la temporada de lluvias. Finalmente suena la sirena y seguimos el viaje.

El día transcurre sin mayor incidencia. Dormimos, comemos, y admiramos el paisaje que ruega que lleguen las lluvias pesadas; por el horizonte se esparcen las copas blancas de los árboles secos y las playas de arenas naranja. Jugamos UNO, conversamos con otros pasajeros, y atendemos las picaduras de mosquitos que trajimos desde Leticia.

Las campanas que anuncian el almuerzo y la comida—que se sirven aproximadamente desde las 10:30am-1230pm y de 5-7pm, respectivamente—crean algarabía entre los pasajeros; hacen fila para ser los primeros en entrar al comedor, pero la mayoría ni se molestan por mirar cuando pasan los delfines de río, o las guacamayas coloridas que sobrevuelan la selva. Y entonces cae el sol y el agua se tiñe de rosados y azules pastel; se prenden las luces y nos preparamos para otra noche fría navegando el Amazonas. DSCN0223

IMGP0694Día 3

El frío que esperábamos en la noche sólo llegó con la niebla de la madrugada. Pero antes de que hiciera frío, antes de ver las estrellas, la media luna brilló roja, sus destellos reflejados sobre el río; sigo pensando en la luna cuando me despierto. La mañana huele a lluvia; el cielo está gris, el viento frío, y la arena de las playas se revuelca en remolinos furiosos. Caen algunas goteras que mandan a los pasajeros a sus hamacas, pero no dura; pronto escampa y sube la temperatura. No ha llovido suficiente y el río está seco, dificultando a ratos la navegación.

Con la siguiente visita de la Marina, que abordan armados y tomando fotos para sus registros, nos enteramos que la mayoría de las requisas no son para encontrar drogas, como nos imaginábamos, sino para prevenir la comercialización de animales silvestres, que en su mayoría están en época de reproducción, lo cual sube la incidencia de tráfico ilegal de especies exóticas. Cuando se bajan los marineros y seguimos nuestro camino, el aburrimiento y el encierro empiezan a afectar a las personas, todos los juegos, revistas, y libros ya agotados, igual que la paciencia. Pasamos el día durmiendo, comiendo, y jugando UNO.

Día 4

DSCN0248El sol penetra la niebla mientras tocan incesantes las campanas que anuncian el desayuno. De nuevo, nos sirven café con leche muy dulce y sanduchitos de jamón y queso. La rutina empieza a pesar, y los personajes del barco ya son demasiado familiares, cada uno con sus particularidades; me paso el tiempo observándolos, preguntándome si me están observando a mí también.

Está la señora cincuentona, por ejemplo, que duerme en una hamaca amarilla tejida y usa una bata con estampado floral de piyama. Tiene dificultades para dormir y se pasa las noches subiendo y bajando por la cubierta mientras su marido lucha contra el sueño, esperando que ella se acueste a su lado.

Está el niño de unos ocho años que, si no pasa tambaleándose medio dormido, obligado por su mamá a comer y bañarse, pasa jalando las cuerdas que cuelgan de todas las hamacas, desinteresado si hay alguien durmiendo en ellas o no. Hoy finalmente se ganó una palmada en la cabeza cuando su madre vio que despertó a un hombre que hacía la siesta.

Está la mujer de unos treinta años, con el pelo teñido rubio platino, que usa unos vestiditos muy ajustados y femeninos, y que tiene una vena várice muy brotada en la pierna izquierda en forma de media luna, que le baja desde el muslo hasta la pantorrilla.Ya delirando con el calor y el movimiento del agua, imagino que es una cicatriz que le dejó un tiburón de los que frecuentan las playas de la costa Atlántica del Brasil.

Y claro, están nuestras vecinas. Al lado tenemos a dos madres muy jóvenes con sus bebés. Una de ellas es gruesa y caderona, con el pelo lacio y ojos rasgados, que mece a su bebé, flaco y tranquilo, en su hamaca sin descanso. La otra es delgada y morena, y parece estar absolutamente agotada de lidiar con su hijo, un niño enorme y gritón, fuerte y terco, tan grande que tiene su propia hamaca colgada más alta que la de su mamá, y gatea por la cubierta con la cara mojada de lágrimas, en pañales sujetados por calzoncillos hechos para un niño de 4 años.

IMGP0806Y la solitaria vieja de pelo largo y gris que pareciera no levantarse de su hamaca ni para ir al baño, observando todo a su alrededor en silencio mientras come saltinas y toma café, siempre preocupada porque somos las últimas en comer y nos asegura se va a acabar la comida, pero siempre hay suficiente hasta para repetir.

La confirmación que llegaremos a Manaus a las seis de la tarde y no al medio día como se rumoraba entre los pasajeros—probablemente porque la llegada es a esa hora durante la temporada de lluvias—ha apagado un poco la emoción de la noche anterior, y todos nos acomodamos para el trayecto final, que nos dejará finalmente en la capital del Amazonas brasileño después de 96 horas de viaje. Suenan las campanas que nos llaman a la última comida en el fresco comedor—el único lugar con aire acondicionado. El almuerzo es pollo asado, arroz, frijoles, espagueti, y fariña. A pesar del horario estricto y temprano de las comidas, voy a extrañar la sazón de las cocineras del Itaberaba I.

Entre más nos acercarnos a Manaus, vemos con más frecuencia pequeñas poblaciones a lo largo del río, cada una con una iglesia imponente, y algunas con postes de electricidad e incluso carros y motos, lo que es sorprendente considerando que están rodeadas por la espesa selva amazónica. Los pescadores trabajan en sus canoas de madera, lanzando las redes al río y cubriéndose del sol con sombrillas de colores. Hacemos otra siesta, la tercera del día, sólo para pasar el tiempo.
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Vemos las siluetas de fábricas grandes entre el humero causado por quemas en la selva; ver a estos mamuts que parecieran soplar humo gris al sol opacado es una señal segura que nos acercamos a la ciudad. El capitán me dice que estamos a punto de llegar al encuentro de las aguas, el lugar donde el río Amazonas y el río Negro se juntan sin mezclarse, sus aguas claramente separadas, como bailando una danza exótica y juguetona, en la cual ninguno de los dos ríos quiere ceder su territorio. Las aguas chocolate del Amazonas y las negras del Negro crean una línea visible desde la distancia, marcando la llegada a Manaus.

El sol parece dibujado en el cielo mientras cae entre la selva y el concreto, mostrándose tal como es: una bola incandescente de fuego roja y viva. Los delfines juegan alrededor de los barcos, como recibiéndonos a la ciudad. Después de una larga espera, Manaus se manifiesta en la oscuridad con un juego de luces impresionante. A pesar de haberme preparado a mí misma para lo inesperado, esta ciudad grande e iluminada, hogar de 2.5 millones de personas, y rodeada por la noche amazónica, me sorprende.
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Llenas de ansias y emociones, nos bajamos del Itaberaba con nuestro equipaje y cruzamos un pequeñísimo puente que tiembla sobre las aguas oscuras con cada paso urgente de los pasajeros, todos impacientes por pisar tierra firme.

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Vida Nómada
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Vida Nómada: Volviendo a la Selva

Volver a la selva es como volver a casa; es regresar a un lugar tan natural para mí que siento que nunca hubiera estado lejos. Llegar a Leticia ha marcado el comienzo de una nueva aventura, la promesa de cumplir un sueño eterno que ha consumido mi imaginación desde que tengo uso de ella.

Y es que me consume: el sonido de las chicharras agitadas por el calor; de las ranas anunciando la llegada de la lluvia, que cae fuerte y suave a la vez; de la misma selva, tan viva entre las copas de los árboles y el lodo, sus colores vibrantes inundando los sentidos.Leticia - Omshanty 2
Durante meses nuestra llegada parecía un fantasma prometiéndonos emociones olvidadas; un espíritu encarnado en un tiquete de avión que marcaba los días y las horas, a veces demasiado rápido, a veces insoportablemente lento; un espectro que a ratos nos amaba y otras veces nos asustaba con su proximidad.

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Hasta que finalmente se reveló y no había cómo detenerlo: había llegado la hora de cumplir con ese vuelo que nos sacaría de la hipnotizante costa Caribe hasta las entrañas del Amazonas, y al desconocido y prometedor Brasil—tan lejano y cercano, tan parecido y diferente a lo que conocemos.
Y aquí estamos, en la oscuridad más profunda que uno pueda imaginar; una oscuridad fulminante, como de ensueño, que sólo se interrumpe con los ocasionales relámpagos que quiebran la noche con sus destellos de luz. Aquí estamos, escuchando las incesantes goteras cambiar de intensidad, en armonía con los animales nocturnos que cantan como agradeciendo al cielo por el agua. Aquí estamos, con una única seguridad: que de ahora en adelante, todo será nuevo. Desde ahora, los días traerán aprendizajes de vida, momentos por encontrar o para dejarse encontrar por ellos; un camino por descubrir, entre ríos y desiertos, entre la selva y el mar, que nos llevará a algún lugar mágico más allá de lo esperado; y de una cotidianidad sin rutina ni regreso.

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La luz del día me sacó de mis sueños—ya coloreados por la selva, llenos de flores y agua—con sonidos y olores diferentes: el canto burbujeante de las oropéndolas, el pescado asado al carbón, el vapor que exuda la tierra.
Buscando comida, fuimos al mercado de Leticia, donde observamos la vida humana en la selva, atraídas por las frutas exóticas como el açaí, y raíces tubérculas como el azafrán; intrigadas por los pescados de ojos brillantes y pieles rojizas, sus escamas cubriendo el suelo de cemento; extasiadas por la promesa de una paleta de cupuaçu—pero nomás que una promesa porque dicen que no está en cosecha.

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Y es que los días en la selva se pasan así: entre el agua que baja en forma de lluvia y que sube con el río desbordado; entre la humedad de las mañanas y el frío que no es frío de las noches; entre las nubes pesadas y la luna sonriente. Y cada momento nos acerca más al gran río Amazonas, arteria palpitante del continente suramericano, que trae las aguas que nacen en los Andes a desembocar al Atlántico. Seguiremos el mismo camino del río hasta llegar al mar, a esa costa azul que marca las curvas del África, que retiene sus raíces y sus cantos y sabores.

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Con todas nuestras pertenencias al hombro—un cuaderno, una colección de especias y cucharas de palo, y un par de cositas más—bajaremos por las aguas oscuras del río para seguir descubriendo el camino y todo lo que conlleva dejarse guiar por el corazón y la imaginación.

Vida Nómada
English Version

Rana Kokoi / Kokoi Frog (Dendrobates histrionicus), Chocó

Cópia de ranas carrizalito proofsheet Walking through the dense, virgin jungles of Colombia’s Pacific coast is no easy task, but it’s entirely worth entering the jungle to see the colourful and poisonous Kokoi Frogs (Dendrobates histrionicus) in their natural habitat. Caminar por la espesa selva virgen de la costa Pacífica de Colombia no es tarea fácil, pero vale la pena entrar en la jungla para ver las coloridas y venenosas Ranas Kokoi (Dendrobates histrionicus) en su hábitat natural.

These shiny little gems excrete poison from their skin which can be lethal to humans, and although they are usually shy and reclusive, you can get pretty close to them when you find them, as long as you’re respectful toward the fact that we are intruding on their homes. It’s advisable to not try to touch them or poke at them or their nests with sticks and to abstain from using flash photography. Estas pequeñas joyas brillantes excretan su veneno por la piel. Éste puede ser letal para los humanos, y aunque normalmente son tímidas y reclusas, te puedes acercar mucho a ellas si las encuentras, recordando de ser respetuoso hacia ellas ya que somos nosotros quienes estamos en su hogar. Es recomendado no tocarlas ni molestarlas o sus nidos con palos, y no usar fotografía con flash.

The most common near the town of Nuqui in the department of Choco, are the red and black frogs which are about one or two centimetres long. They build their nests at the bases of mossy trees where there is dry brush and moist dirt. With luck and patience, you can also see black and yellow, and black and green ones. Las que más comunmente se ven cerca al pueblo de Nuquí en el departamento del Chocó, son las rojas y negras que miden uno o dos centímetros. Forman sus nidos en las bases de árboles musgosos donde hay hojas secas y tierra húmeda. Con suerte y paciencia, también puedes ver negras y amarillas, y negras y verdes.

Fauna — Nuquí, Chocó

Travel / Viajes – 20152011-2014

Birds & Animals / Aves y Animales

Photography / Fotografía

Mompox: Viaje a la Isla que el Tiempo Olvidó

Nuestro recorrido de seis horas de Santa Marta a Santa Cruz de Mompox nos llevó desde las bahías de la costa Caribe hasta las sabanas del río Magdalena, oscilando entre los departamentos del Magdalena, el Cesar y nuestro destino en el sur del Bolívar.

A Mompox 1 Es interesante bajar desde la costa hasta los ríos de la sabana, ver cómo cambian los paisajes, la vegetación, la humedad y la velocidad de la vida cotidiana. Pero un constante es el vallenato, que se escucha Mapas mompoxdesde las montañas áridas que rodean las bahías de Santa Marta hasta las ciénagas y pantanos que rodean la isla de Mompox.

A Mompox 5

Cruce del río en Santa Ana, Magdalena

Viajamos de la zona bananera a la ganadera por carreteras curvas y planas, pasando al lado de bicicletas y burros, usualmente cargados con más de un pasajero y mercancías de toda índole, esquivando vacas que cruzan de un potrero a otro arreadas por vaqueros–niños y hombres–que van tranquilamente a caballo luciendo sus sombreros vueltiaos.

Atravesamos un pueblo tras otro, sintiendo el cambio en el aire, de la brisa salada del litoral al aire húmedo de las planicies, parando primero en Bosconia y luego en Santa Ana, donde cruzamos un pequeño brazo del río para llegar a la isla de Mompox.

Santa Cruz de Mompox

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Calle Real del Medio

Este antiguo pueblo fundado en 1537, nombrado Patrimonio de la Humanidad en 1995 por la UNESCO, resuena en la memoria de Colombia como una isla cargada de historia, que ha presenciado todo desde la Inquisición hasta batallas lideradas por el mismo Bolívar, y que fue olvidada por generaciones y gobiernos.

Llegamos después del medio día y empezamos nuestro recorrido por la Calle Real del Medio, vía principal que atraviesa el centro histórico donde, caminando entre los talleres de filigrana y oro, nos asombramos ante las viejas casonas coloniales, tan bien preservadas como se puede esperar de un pueblo atrapado en la humedad y el olvido. Por años, Mompox pareció estar estancado en el aire quieto de la Depresión Momposina, que evita que la brisa refreseque sus largas calles de aceras altas y tejados cerámicos.

Mompox 12Mompox 23Hoy, Mompox está recuperando algo de su vieja gloria gracias a sus atractivos para turistas tanto nacionales como extranjeros, quienes se ven recorriendo las calles lentamente, sudando abudantemente, admirando las viejísimas iglesias, paredes despintadas, y ventanas y puertas coloridas que adornan el centro y evocan imágenes del realismo mágico de García Márquez y las historias de amor que nacieron en el Magdalena.

En el centro histórico se respira la tranquilidad que inevitablemente resulta del calor y la humedad de la región. Sus habitantes pasean en bicicletas o motos, evitando caminar las largas cuadras en las horas del día. Los moto-taxis pasan recogiendo y dejando pasajeros en las diferentes plazas y parques del centro, todas rodeadas por edificaciones cargadas con capas de pintura centenaria. Los pocos transeúntes que se atreven a caminar buscan la escasa sombra que dan los techos, siempre a la expectativa de la próxima limonada o bolis de corozo para refrescarse.

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Mompox 116Mompox 66 

Aún con muchas de sus antiguas estructuras bajo mantenimiento, especialmente aquellas a lo largo del río, la belleza de los balcones y terrazas, de las cúpulas y los arcos en las iglesias, sobresale tras la lona verde que intenta esconder estos secretos arquitectónicos hasta que estén en condición óptima para enamorar, como lo hicieron alguna vez.

Pero más allá de las casas e iglesias, los parques y sedes gubernamentales e institucionales de Mompox son realmente tesoros históricos, rebosando con relatos de una Colombia que luchaba por su independencia y reconocimiento como República. Sus capillas y patios cuentan de la época de Simón Bolívar quien, después de la Campaña Admirable en 1813, declaró que si “A Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria.”

La Ciudad Valerosa fue la joya del Magdalena hasta los 1800, pero a comienzos del siglo XX se sedimentó y cerro su brazo del río y el comercio fluvial fue desviado hacia Magangué, dejando a Mompox olvidado, abandonado con su arquitectura colonial, un recuerdo imponente y permamente del pasado ilustre de la isla. Mompox 48

Mompox 114Pero su pasado y númerosas iglesias construidas siglos atrás valorizan a Mompox, especialmente para el turismo religioso y cultural. En Semana Santa, miles de creyentes y personas interesadas en la historia y costumbres religiosas del país viajan al pueblo para las elaboradas celebraciones de la Semana Mayor del catolicismo, conmemoradas con procesiones y serenatas a los difuntos, las cuales dicen practicarse en la isla desde mediados del siglo XVI.

Mompox ahora intenta recuperar lo mejor de su pasado e incorporarlo a una ciudad moderna e incluyente para Mompox Cementerio 3los visitantes. Está mejorando el acceso a información para los turistas, al igual que el acceso a la isla como tal, que ya cuenta con un puente por el lado de El Banco, Magdalena, facilitando la entrada terrestre.

Con el desarrollo del turismo, la gastronomía de la isla también ha podido crecer, evolucionar y experimentar. Fue la comida que nos llevó a tomar moto-taxis y caminar más lejos de lo que nos exigían los sitios de interés turístico para disfrutar platos tradicionales como el pato, el bocachico, el galápago (tortuga de agua dulce), el queso momposino (allá conocido simplemente como queso de capas) y el suero, que se puede comprar por Mompox 49cucharadas al lado de la carretera. La curiosidad gastronómica también nos llevó a restaurantes más modernos como El Fuerte, donde un chef austríaco prepara deliciosas pizzas en horno de leña.

Con sus incontables encantos culturales, gastronómicos y arquitectónicos, Mompox Mompox 56se está convirtiendo en un componente esencial de una Colombia abierta al turismo y orgullosa de su legado histórico. Pero la historia religiosa, la amabilidad de la gente y el patrimonio arquitectónico son sólo una parte del atractivo de Mompox y la región sabanera del Magdalena: su entorno natural es tan rico como su historia, e igualmente bien preservado.

Ciénaga del Pijiño

Mapas mompox_2Sabíamos que no nos podíamos perder de un paseo por los pantanos del río, entonces embarcamos en una canoa a las 3:30 de la tarde con rumbo a la Ciénaga del Pijiño, a unos 45 minutos a paso lento del centro. Durante el recorrido vimos numerosas aves acuáticas preparándose para la noche con las últimas horas de luz, pescadores recogiendo sus redes y niños jugando en las tibias aguas pantanosas.

Después de un descanso y unas cervezas frías a las orillas del pantano, regresamos a Mompox acompañados por los colores vibrantes del atardecer, las iguanas silueteadas en las ramas altas de los árboles y la fresca tranqulidad que trae la noche.

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Con el sol oculto, la humedad es más tolerable y disfrutamos de caminar por el centro en la noche, admirando las estructuras iluminades por la luz tenue en las calles que dan la De Mompox 5impresión de ser faroles de vela o aceite, aumentando el sentimiento de antigüedad que reina en las amplias esquinas.

Regresamos vía Magangué para tomar el ferry que sale de La Bodega y navega por el Magdalena. De allí viajamos a Barranquilla y de nuevo a Santa Marta.

Mompox es un destino único y mágico para no perderse; como un espejo del pasado y un reflejo del futuro, abarca lo mejor de dos mundos que lo atrapan en el medio. Mompox, la Valerosa, se disfruta más cuando se olvidan el reloj y el calendario y se permite empaparse de su misteriosa realidad, tan ajena a la realidad externa, y que parece desvanecerse al salir de esta isla encantada.

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