Stories That Cross Boundaries: From the Amazon to the Atlantic

Photographs of my second boat trip in Brazil, from Manaus, in the Amazon, to Belém, on the mouth of the Tapajós River near the Atlantic coast. Read the story of this journey here.

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Fotografías de mi segundo viaje en barco en Brasil, de Manaus, en el estado de Amazonas, a Belém, en la desembocadura del río Tapajós cerca la costa Atlántica. Lee la crónica del viaje aquí.

Leticia to Manaus / De Leticia a Manaus
Travel / Viajes – 20152011-2014
My Nomadic Life / Mi Vida Nómada

Vida Nómada: Del Amazonas al Atlántico

Día 1

Mi salida de Manaus en la mañana del 23 de diciembre de 2015 no fue lo que me había imaginado. Sentada en la cubierta del Amazon Star, el barco que me llevará a Belém, casi a la media noche, no dejo de pensar en el robo de mi última noche allá. A pocos metros de la puerta del hostal, dos hombres en una moto nos atracaron a mí y otros dos amigos. Todo pasó tan rápido, y aunque el instinto me decía que corriera, el arma que tenía el atracador entre el pantalón me obligó a eventualmente permitir que me arrancara el bolso. AmazonStar 3

Fue un aprendizaje, me digo a mí misma, de no salir con cosas que no voy a necesitar, especialmente en la noche; pudo haber sido mucho peor, me repito, tratando de olvidar todas las cositas que tenía ahí—unas gafas de sol, dos libretas pequeñas, un candado, una memoria USB, el celular. Pero había tenido un día largo y no estaba pensando, y estando tan cerca a Navidad, era de esperarse que la gente, desesperada por llevar regalos a su casa, salga a buscar víctimas en las calles oscuras del centro de la ciudad. Trato de olvidar el robo y miro el cielo negro del Amazonas.

A pesar de haber llegado al barco a las 7:30 am, los espacios para las hamacas ya eran escasos y me tuve que acomodar en el medio de la atestada cubierta, rodeada por filas de hamacas a lado y lado. Pienso que si hubiera venido a dormir al barco la noche antes de zarpar, no sólo tendría un mejor espacio pero no me hubieran robado. Sé que de nada sirve pensar en todo lo que pude haber hecho de otra manera para evitar el atraco, o mi incomodidad en el barco, pero en la oscuridad de la noche no lo puedo evitar.

Aún no han apagado las luces cuando vuelvo a bajar a la cubierta del medio, que está tan copada por hamacas y equipaje que para salir tuve que gatear bajo la gente que duerme apañuscada, con cobijas y almohadas, tratando de descansar antes del desayuno. Hay tantaAmazonStar 19 gente que cada movimiento desencadena un temblor que pasa entre las hamacas, todas entrelazadas, pies y cabezas peligrosamente cerca sin importar la posición que se escoja.

Mientras unos duermen, otros leen sus Biblias y cantan novenas; seguro que es difícil para ellos estar encerrados en un barco durante las fiestas religiosas y necesitan invocar algún sentido de normalidad durante el largo viaje por el río Amazonas. Guardo una pequeña esperanza que al menos algunos de ellos se bajen en los puertos del camino, aunque me estoy preparando para estar atrapada entre el gentío hasta la llegada a Belém, ciudad a las orillas de la desembocadura del gran río en el Atlántico.

Día 2

Apagaron la mayoría de las luces a las 2 am, y pasadas las 7 am no las han prendido a pesar de la oscuridad en la cubierta, causada en parte por el cielo opaco y nublado (¿o es humo otra vez?) y en parte por la cantidad de toallas que cuelgan del techo, tapando la poca luz que logra filtrarse por las ventanas. Un poco antes de las 6 am pasó alguien con una campana marcando el comienzo del día.

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Después de una ducha, entro al comedor en mi nivel y compro el desayuno de $10 Reales—jugo, café con leche, pan, jamón, queso, un huevo frito, y una selección de frutas—y no el de $5 Reales—pan, café con leche y un tipo de pudín que parecía arroz con leche. Sentada en una de las cinco mesas azules del comedor, me doy cuenta que soy la única persona comiéndome un desayuno grande; aparte de dos parejas que compartían el plato de R$10, todos los otros comensales tienen el escaso desayuno de R$5, embadurnando el pan con una exageración de mantequilla, tratando de darle más sustancia a la comida.

Hacemos nuestra primera parada en el puerto de Parintins, pero pocos pasajeros desembarcaron. El día está frío (bueno, frío tropical) y el cielo blanco, contrastando con las aguas color chocolate del Amazonas. Acostada entre las coloridas hamacas, colgadas sobre el piso que ya está lleno de basura, entre ronquidos, llantos y cantos, invadida por el olor a humo que emana de la selva, decido seguir leyendo y prepararme para la primera siesta del día, pensando en lo diferente que fue mi viaje en el Itaberaba, de Tabatinga a Manaus, ya hace más de dos meses.

AmazonStar 13La algarabía de la gente y el silencio de los motores me despertaron de mi siesta. Hicimos una rápida parada en el puerto de Juruti, donde finalmente veo el cielo azul y libre de humo. Para cambiar de entorno, subo a la cubierta superior, donde se vive un ambiente completamente distinto al relativo silencio del piso de las hamacas: arriba, donde pegan la brisa y el sol, hay música y gente conversando animadamente, muchos de ellos tomándose unas cerveza y unos selfies, disfrutando del paisaje y del viaje. Pero hay tanta gente que no encuentro una silla y me siento en el suelo a mirar las playas destapadas y los árboles secos de la selva. Es el mismo paisaje que se veía desde el Itaberaba, aunque la vegetación es menos espesa y los árboles más pequeños y dispersos, al menos en las orillas.

Después de una corta pero fuerte lluvia, paramos en el puerto de Óbidos, ya en el estado de Pará, donde tienen pequeñas embarcaciones amarillas designadas al transporte escolar. Al atardecer, hay pólvora, supongo para celebrar la Navidad. Con el aire acondicionado apagado y las ventanas abiertas, hace un calor casi insoportable en las hamacas, y sigo invocando la posibilidad que se baje mucha gente en Santarem, queriendo pasar las fiestas en tierra firme con sus familias.

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Para mi gran descanso, se bajan muchos pasajeros cuando llegamos a Santarem a las 8 pm. Aunque dejo mi hamaca en el mismo lugar, ya tengo espacio no sólo para estirarme diagonalmente en ella sin tropezarme con pies, codos, o cabezas, sino que por fin tengo cómo salir sin gatear debajo de las otras personas. Y siquiera, porque me enteré que nos quedaremos en el puerto hasta mañana.

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Día 3

No duró mucho mi dicha de tener espacio para estirarme en la hamaca ya que en la mañana llegaron más pasajeros que van a Belém, aunque no está tan atestado como el primer día. También descubrí que en la cafetería de la cubierta superior venden sánduches calientes de jamón y queso a R$4, lo que hubiera sido una mejor opción para la comida de anoche, ya que compré (y no fui capaz de terminar) un plato demasiado grande de carne, arroz, pasta, y fariña.

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La salida de Santarem, cerca al medio día, trae una inesperada sorpresa: otro encuentro de los ríos tan espectacular como el de Manaus. Las aguas, en este caso aguamarina y chocolate, bailan y crean una línea divisoria que contrasta con la selva verde que rodea el río. La esperanza de conocer Alter do Chão ahora, y no tener que esperar hasta mi regreso en casi dos años, se intensificó y evaporó con la salida del barco.

Unas horas después, hablando con unas mujeres que se sacaban pelos y granos unas a otras en la cubierta superior, me entero que no llegaremos a Belém mañana como esperaba, pero temprano pasado mañana, lo cual significa pasar una noche más en el Amazon Star. Para lidiar con esta información decido tomar cerveza. AmazonStar 23

Sentada en la cubierta con una cerveza fría, intentando seguir las conversaciones rápidas en portugués de las mujeres, noto que aquí el río es mucho más ancho que antes, cumpliendo con su reputación por ser el más caudaloso del mundo, incluso en la temporada seca que ha expuesto las riberas y playas del Amazonas. Después de demasiadas cervezas, invitación de un hombre enamorado de una de las mujeres con quienes hablo, finalmente bajo a comer y dormir.

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Se se subió mucha gente en Monte Alegre, llenando el barco aún más que el primer día cuando salimos de Manaus. La ansiedad de llegar está empeorando con la claustrofobia. Dormí apañuscada entre hamacas que están tan cerca, que es imposible moverse sin pegarse con alguien, o quedarse quieto sin que el vecino me mueva. Estamos unos encima de otros, y ya hasta los pasillos están ocupados por las hamacas y equipaje de los pasajeros que embarcaron en la noche.

En la tarde, cuando me despierto de una larga siesta, miro por la ventana y veo la selva. Sí, he estado viajando por el Amazonas hace más de dos meses, pero ésta es la primera vez que veo la selva en Brasil tal como uno se la imagina: vegetación espesa, tupida, verde, vibrante, colgando sobre el río. Pasamos pequeñas comunidades de casas de madera que a penas se ven entre las palmas de coco y los manglares. Los indígenas se acercan al barco en sus canoas esperando que los pasajeros les tiren paquetes de comida y bolsas con ropa. Bajo el sol fuerte y el cielo azul, viajamos lentamente por el estrecho canal del río que nos saca de la monotonía de los últimos días. Siento que, a pesar de haber ya salido del estado de Amazonas, finalmente llegué a la selva.

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Hacemos una última parada en la noche en el puerto de Breves y mi ansiedad llega a su punto máximo, ya desesperada por dormir lejos de las niñas que mueven mi hamaca todo el día, del gordo que ronca toda la noche, de la suciedad de los baños, de gatear sobre el piso mugroso, de las latas de cerveza a R$5, de las mismas caras curiosas que miran todo el día, de estar encerrada entre esa nave que flota por el río.

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Día 5

Incapaz de dormir entre el gentío, paso la última noche desvelada, viendo cómo el cielo pasa de un negro profundo a un morado suave y AmazonStar 27eventualmente a un azul brillante. Veo a Belém en la distancia, bañada por la luz del amanecer, rodeada de nubes. Me sorprende el tamaño de la ciudad, los edificios altos a las orillas del río, el puerto moderno y limpio. Llego al hostal a comer y dormir, y a recuperarme de este viaje que resultó siendo más difícil de lo que me imaginaba, pero también más satisfactoria la llegada a esta nueva ciudad.

 

English Version
Mi Vida Nómada
Manaus

Stories That Cross Boundaries: Leticia to Manaus

I like to live in a world without boundaries, and tell stories that follow that philosophy; I should live like that, too. So here are photographs of my journey over the Amazon River, from Leticia, in Colombia, to Manaus, in Brazil.

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Me gusta vivir en un mundo sin fronteras, y contar historias que siguen esa filosofía; debo vivir de la misma manera, también. Así que aquí están las fotografías de mi viaje por el río Amazonas, de Leticia, en Colombia, a Manaus, en Brasil.

Leticia, Colombia
Itaberaba I – Tabatinga – Manaus, Brasil
Manaus, Brasil
Travel / Viajes – 20152011-2014

Vida Nómada: Viajando a Manaus, La Puerta del Amazonas

DSCN0192Día 1

DSCN0309Desde la cubierta del Itaberaba 1, embarcación que nos lleva de Tabatinga a Manaus, vemos cómo se esconde el sol detrás del río en un escándalo de visos rojos que cortan las pocas nubes que se atreven a cruzarlo. La luz roja ilumina las hamacas coloridas que cuelgan en las cubiertas, meciéndose con la fuerte brisa y el suave movimiento del barco. La luna le sonríe al río mientras la bandera de Brasil ondula orgullosamente su lema—Orden y Progreso—y nos despedimos de la frontera colombiana.

A esta hora ya comimos estofado de costilla de cerdo y pastas, y agotadas de la espera en el calor de la tarde, disfrutamos del paisaje de los bajos bancos del Amazonas desde nuestras hamacas, un paisaje monótono sin ser aburridor. Parece imposible creer que finalmente estamos aquí, comiendo paleta de cupuaçu, que puede no estar en cosecha en Colombia pero sí en Brasil. Disfrutando del sabor dulce de este fruto selvático, zarpamos del puerto brasileño.

Salimos retrasados de Tabatinga, como era de esperarse en estas tierras calurosas y húmedas, después de una requisa por parte de la Policía Federal del Brasil, que buscan todo tipo de contrabando que pueda ser transportado entre las fronteras. Poco tiempo después nos detienen de nuevo, obligándonos a esperar casi una hora mientras recorren la embarcación.

DSCN0256Nos preparamos para la noche con linternas y cobijas, pantalones y naipes; en nuestras hamacas, ya con las luces apagadas, esperamos la mañana con ansias, preguntándonos qué traerá el primer día completo abordo el Itaberaba. Me acuesto pensando en los puertos que conoceremos en el camino. Pero a pesar del cansancio, es difícil conciliar el sueño sabiendo que estamos navegando este gran río de aguas oscuras, viendo cómo la selva se convierte en una silueta que se desaparece y confunde con la oscuridad del cielo.

Día 2

La noche fue interrumpida por la sirena del barco que anunciaba con fervor nuestra primera parada en puerto. Después de una espera eterna, continuamos el camino hacia el sur-oriente, con el frío que ya sí es frío, pero que los nativos de la zona asumen con sus piernas y brazos destapados, mientras nosotras tiritamos, envueltas en cobijas y sacos de dormir.

El alba no tarda en mostrarnos la silueta gris de la selva, que se manifiesta entre la bruma pesada que cubre el río y el cielo al amanecer; temprano en la mañana, sólo se ven los árboles mientras el resto del universo permanece cubierto por la espesa manta blanca. El comienzo del día se anuncia con alarmas y luces fuertes, y con el resplandor del sol, tan rojo y brillante como al atardecer, que ilumina el río desde las 6 de la mañana. Tomamos el desayuno—un café con leche muy dulce, y unos sanduchitos de jamón y queso—y nos preparamos para las siguientes 24 horas.
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A las 10 de la mañana, cuando ya ha subido la temperatura drásticamente, y hemos tenido tiempo de lavar alguna ropa y organizar nuestro equipaje, el cual apiñamos y amarramos con cabuya en un montón entre las hamacas, tenemos otra visita de la Policía Federal. Revisan nuestros pasaportes y responden con la ya habitual expresión de sorpresa y admiración al ver que vinimos al Brasil como residentes temporales, con permiso de quedarnos dos años en el país.

DSCN0210Pasamos varios puertos en el camino, como São Francisco de Assis, una población a las orillas del río adornado con casitas coloridas construidas en concreto y madera y con techos de lata, que deben recalentarse con el sol de la temporada seca y causar estruendos con las tormentas de la temporada de lluvias. Finalmente suena la sirena y seguimos el viaje.

El día transcurre sin mayor incidencia. Dormimos, comemos, y admiramos el paisaje que ruega que lleguen las lluvias pesadas; por el horizonte se esparcen las copas blancas de los árboles secos y las playas de arenas naranja. Jugamos UNO, conversamos con otros pasajeros, y atendemos las picaduras de mosquitos que trajimos desde Leticia.

Las campanas que anuncian el almuerzo y la comida—que se sirven aproximadamente desde las 10:30am-1230pm y de 5-7pm, respectivamente—crean algarabía entre los pasajeros; hacen fila para ser los primeros en entrar al comedor, pero la mayoría ni se molestan por mirar cuando pasan los delfines de río, o las guacamayas coloridas que sobrevuelan la selva. Y entonces cae el sol y el agua se tiñe de rosados y azules pastel; se prenden las luces y nos preparamos para otra noche fría navegando el Amazonas. DSCN0223

IMGP0694Día 3

El frío que esperábamos en la noche sólo llegó con la niebla de la madrugada. Pero antes de que hiciera frío, antes de ver las estrellas, la media luna brilló roja, sus destellos reflejados sobre el río; sigo pensando en la luna cuando me despierto. La mañana huele a lluvia; el cielo está gris, el viento frío, y la arena de las playas se revuelca en remolinos furiosos. Caen algunas goteras que mandan a los pasajeros a sus hamacas, pero no dura; pronto escampa y sube la temperatura. No ha llovido suficiente y el río está seco, dificultando a ratos la navegación.

Con la siguiente visita de la Marina, que abordan armados y tomando fotos para sus registros, nos enteramos que la mayoría de las requisas no son para encontrar drogas, como nos imaginábamos, sino para prevenir la comercialización de animales silvestres, que en su mayoría están en época de reproducción, lo cual sube la incidencia de tráfico ilegal de especies exóticas. Cuando se bajan los marineros y seguimos nuestro camino, el aburrimiento y el encierro empiezan a afectar a las personas, todos los juegos, revistas, y libros ya agotados, igual que la paciencia. Pasamos el día durmiendo, comiendo, y jugando UNO.

Día 4

DSCN0248El sol penetra la niebla mientras tocan incesantes las campanas que anuncian el desayuno. De nuevo, nos sirven café con leche muy dulce y sanduchitos de jamón y queso. La rutina empieza a pesar, y los personajes del barco ya son demasiado familiares, cada uno con sus particularidades; me paso el tiempo observándolos, preguntándome si me están observando a mí también.

Está la señora cincuentona, por ejemplo, que duerme en una hamaca amarilla tejida y usa una bata con estampado floral de piyama. Tiene dificultades para dormir y se pasa las noches subiendo y bajando por la cubierta mientras su marido lucha contra el sueño, esperando que ella se acueste a su lado.

Está el niño de unos ocho años que, si no pasa tambaleándose medio dormido, obligado por su mamá a comer y bañarse, pasa jalando las cuerdas que cuelgan de todas las hamacas, desinteresado si hay alguien durmiendo en ellas o no. Hoy finalmente se ganó una palmada en la cabeza cuando su madre vio que despertó a un hombre que hacía la siesta.

Está la mujer de unos treinta años, con el pelo teñido rubio platino, que usa unos vestiditos muy ajustados y femeninos, y que tiene una vena várice muy brotada en la pierna izquierda en forma de media luna, que le baja desde el muslo hasta la pantorrilla.Ya delirando con el calor y el movimiento del agua, imagino que es una cicatriz que le dejó un tiburón de los que frecuentan las playas de la costa Atlántica del Brasil.

Y claro, están nuestras vecinas. Al lado tenemos a dos madres muy jóvenes con sus bebés. Una de ellas es gruesa y caderona, con el pelo lacio y ojos rasgados, que mece a su bebé, flaco y tranquilo, en su hamaca sin descanso. La otra es delgada y morena, y parece estar absolutamente agotada de lidiar con su hijo, un niño enorme y gritón, fuerte y terco, tan grande que tiene su propia hamaca colgada más alta que la de su mamá, y gatea por la cubierta con la cara mojada de lágrimas, en pañales sujetados por calzoncillos hechos para un niño de 4 años.

IMGP0806Y la solitaria vieja de pelo largo y gris que pareciera no levantarse de su hamaca ni para ir al baño, observando todo a su alrededor en silencio mientras come saltinas y toma café, siempre preocupada porque somos las últimas en comer y nos asegura se va a acabar la comida, pero siempre hay suficiente hasta para repetir.

La confirmación que llegaremos a Manaus a las seis de la tarde y no al medio día como se rumoraba entre los pasajeros—probablemente porque la llegada es a esa hora durante la temporada de lluvias—ha apagado un poco la emoción de la noche anterior, y todos nos acomodamos para el trayecto final, que nos dejará finalmente en la capital del Amazonas brasileño después de 96 horas de viaje. Suenan las campanas que nos llaman a la última comida en el fresco comedor—el único lugar con aire acondicionado. El almuerzo es pollo asado, arroz, frijoles, espagueti, y fariña. A pesar del horario estricto y temprano de las comidas, voy a extrañar la sazón de las cocineras del Itaberaba I.

Entre más nos acercarnos a Manaus, vemos con más frecuencia pequeñas poblaciones a lo largo del río, cada una con una iglesia imponente, y algunas con postes de electricidad e incluso carros y motos, lo que es sorprendente considerando que están rodeadas por la espesa selva amazónica. Los pescadores trabajan en sus canoas de madera, lanzando las redes al río y cubriéndose del sol con sombrillas de colores. Hacemos otra siesta, la tercera del día, sólo para pasar el tiempo.
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Vemos las siluetas de fábricas grandes entre el humero causado por quemas en la selva; ver a estos mamuts que parecieran soplar humo gris al sol opacado es una señal segura que nos acercamos a la ciudad. El capitán me dice que estamos a punto de llegar al encuentro de las aguas, el lugar donde el río Amazonas y el río Negro se juntan sin mezclarse, sus aguas claramente separadas, como bailando una danza exótica y juguetona, en la cual ninguno de los dos ríos quiere ceder su territorio. Las aguas chocolate del Amazonas y las negras del Negro crean una línea visible desde la distancia, marcando la llegada a Manaus.

El sol parece dibujado en el cielo mientras cae entre la selva y el concreto, mostrándose tal como es: una bola incandescente de fuego roja y viva. Los delfines juegan alrededor de los barcos, como recibiéndonos a la ciudad. Después de una larga espera, Manaus se manifiesta en la oscuridad con un juego de luces impresionante. A pesar de haberme preparado a mí misma para lo inesperado, esta ciudad grande e iluminada, hogar de 2.5 millones de personas, y rodeada por la noche amazónica, me sorprende.
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Llenas de ansias y emociones, nos bajamos del Itaberaba con nuestro equipaje y cruzamos un pequeñísimo puente que tiembla sobre las aguas oscuras con cada paso urgente de los pasajeros, todos impacientes por pisar tierra firme.

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